El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

miércoles, 29 de junio de 2016

El invierno lo sabe


Estaciones de invierno
Adrián Bernal
Libros en su tinta, 68 pág.

                Confieso que uno ya se pierde con esto de la poesía contemporánea. Entre la postpoesía, la metapoesía, la poesía visual y los exabruptos líricos del greñudo cantautor de turno, todo parece remitir al conocido verso de Nicanor Parra en el que se afirma aquello de que “todo es poesía menos la poesía”. En efecto, la poesía es muchas cosas y ninguna, pero la trasgresión no es un valor artístico en sí mismo y sin el poder de la evocación no hay nada. Entre la mucha paja, en la nueva poesía española hay también grano (no siempre reconocido por aquellos que deberían detectarlo). En las últimas décadas han aflorado más jóvenes poetas que lectores de poesía, me temo. Esto, en el fondo, no es nuevo. Y quizá no ha ayudado tampoco el afán desmedido de ciertas editoriales y sus premios (Hiperión y Adonais sobre todo) por ir a la caza del nuevo Rimbaud patrio. Algunos son intuitivos pero han leído más bien poco. Otros, en cambio, son capaces de aunar envidiable conocimiento y cultura con frescura y talento.
                La voluntariosa editorial Libros en su Tinta nació con la voluntad de dar voz y salvavidas a autores que, en medio del huracán editorial, achican agua para no acabar en el cementerio marino. Adrián Bernal (Alicante, 1983) es uno de esos navegantes aguerridos, y su nuevo poemario, “Estaciones de invierno” da cuenta de ello. Escribe Bernal cosas como “(…) dejar de temer el alba/como la certidumbre de la nieve”, y escapa a inviernos que son estados emocionales repletos de guiños literarios, musicales y culturales. En algunos de sus poemas más narrativos hay una tendencia discursiva que nos evoca al viejo Whitman y, por efecto rebote, a Lee Frost y a ciertos poetas beats. Como músico que también es, según reza en la nota biográfica de la solapa, Bernal posee el don de la musicalidad, algo que demasiadas veces parece olvidarse y que da al poema una armonía definitoria. Sus versos se leen bien, suenan bien, trascienden la mera lectura rutinaria, ¿qué más se puede pedir?
                Como decía arriba, uno se pierde ya en la cosa poética, como en tantas otras. Es difícil saber si Bernal llegará a consolidarse como el buen poeta que sus versos anuncian, pero creo que en cuanto se despoje de las últimas amarras de sus maestros y asuma plenamente su propia voz, ésta se dejará oír con contundencia.