El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

lunes, 4 de mayo de 2015

Perdido en el fondo de un vaso



            Del mismo modo que una gran adaptación cinematográfica puede inmortalizar a un mal libro, una magnífica película puede soterrar para siempre la excelente novela en que se ha basado. Algo parecido le ocurrió a “The lost Weekend” (1944), la primera obra de Charles R. Jackson (1903-1968), un hasta entonces anodino escritor americano que logró el mayor éxito de su carrera al vender los derechos de su novela a la Paramount Pictures en 1945 para que el gran Billy Wilder la convirtiera en un clásico del cine con el título de “Días sin huella”, que acaparó 4 Oscars, grabó para siempre en nuestra retina cinéfila la triste historia de un escritor alcohólico y, de paso, sepultó prácticamente aquella novela y el nombre de su autor.
Días sin huella
Charles R. Jackson
Alianza Editorial, 319 Pág
  Ahora la reciente reedición en bolsillo de la obra nos ofrece la posibilidad de leer la historia original, que incluye no pocos momentos excluidos de la película (por ejemplo, las veladas alusiones a los escarceos homosexuales del protagonista), así como un final lejos de la esperanzadora conclusión que Wilder nos filmó mostrándonos al escritor Don Birnam reestablecido, sentado frente a su máquina y dispuesto a contar su naufragio y posterior rescate del proceloso mar del alcohol. 
Jackson, hombre enfermizo, de sexualidad confusa, antiguo tuberculoso, adicto a sedantes y con problemas de alcohol desde muy joven, se desdobló en la imagen de Birnam para retratarse a sí mismo. Más allá de la terrible travesía del desierto de un borracho a lo largo de un fin de semana etílico, lo que le salió a Jackson en “Días sin huella” fue una confesión de sus propios fantasmas, una mirada fría y dramática de la propia zozobra destructiva que le arrastraba y contra la que luchó con altibajos a lo largo de su vida, hasta su suicidio por ingestión de barbitúricos en 1968. El autor, con esa rara lucidez que da la embriaguez, vaticinaba con 24 años de adelanto su propio fin, añadiendo a esta novela germinal cinco obras más completamente olvidadas. 
Narrada en tercera persona pero adquiriendo a ratos una especie de voz de conciencia en segunda, asistimos al descenso sin frenos de un hombre derrotado, agarrado al bolardo de una botella para acallar las voces que le gritan desde el interior, voces que parecen echarle en cara no sólo su incapacidad para ponerse en pie, no únicamente la dependencia que tiene de su hermano y de su sacrificada novia, sino también el recuerdo de un viejo escándalo homoerótico sucedido en sus años de universidad y que, de algún modo, marcó un punto de inflexión en su vida. 

Ray Milland en "The lost weekend" (1944)
Jackson, que conocía el drama de primera mano, cartografía con precisión agobiante los escollos, arrecifes y hondos precipicios del alma humana, prescindiendo de cualquier tono moralizador o condescendiente para limitarse a mostrar con asepsia casi médica las consecuencias de una voluntad anulada y anestesiada hasta el borde mismo del colapso. Lo que queda tras la accidentada excursión de Don Birnam por bares y licorerías es desolador y se parece bastante a las caspicias que el mar deja sobre la arena después de una tempestad, sólo que esta vez el sol se demora en salir.