El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

domingo, 10 de noviembre de 2013

No todo es cuento




Quizá con demasiada frecuencia el cuento suele definirse en términos meramente cuantitativos, de modo que a cualquier breve fragmento narrativo se le atribuya la denominación errónea de “cuento”. Por este motivo el que suscribe debe ponerle un serio reparo a la afirmación de “Doce cuentos Iberoamericanos” que aparece en la portada de este libro, puesto que la mayoría de las obras recogidas en esta antología editada y prologada por Jorge Carrión deberían ser consideradas como narrativa breve a secas. Alguien podría pensar, no sin razón, que cuento y narrativa breve son una misma cosa, ya que lo segundo no excluye lo primero y, en efecto, se suelen confundir repetidamente. No obstante el cuento ha de gozar de una clara intención de unidad y de un final cristalizador de esa unidad, por usar las palabras del maestro Padrós de Palacios. La narración breve, en cambio, es un texto corto que puede albergar desde el simple esbozo narrativo a la reflexión íntima, desde el ejercicio descriptivo a la crónica de viaje o incluso el reportaje periodístico. Y si bien es cierto que estas doce piezas tienen la clara voluntad de narrar una historia, demasiadas de ellas no pasan de interesantes borradores para obras de mayor envergadura, relatos en general poco resueltos que se alejan de la perfección natural del cuento. La sensación que le queda a uno la mayor parte de las veces es la de estar leyendo simples fragmentos o ejercicios de narrativa. Y con ello no cuestiono el talento, más evidente en unos que en otros, de los escritores antologados, pero escribir bien no basta para contar una buena historia.
Emergencias. Doce cuentos Iberoamericanos
VVAA. Candaya, 239 pàg.
El único relato que ha logrado perturbarme ha sido “Nuestra casa” del barcelonés Àlex Oliva, un auténtico cuento por cuanto logra mantener la tensión a lo largo de la historia para desembocarla en un final conciso y espeluznante que me ha recordado algunos de los magníficos relatos del primer Martínez de Pisón. Hay otros textos interesantes, por supuesto, como el de la joven ecuatoriana Mónica Ojeda y su “Duboc, el director de escritores”, que por su originalidad argumental también resulta un digno cuento. Asimismo, relatos como “La muerte os sienta genial” de Jari Malta, “Durante el asedio” de Antonio Galimany, “Interrupción del servicio” de Tomás Sánchez Bellocchio o “Gastón Tévez o la voluntad de marcharse” de Eduardo Ruiz Sosa son historias muy bien escritas y de interesante peripecia, aunque sus finales se malogran un poco por culpa de cierta precipitación. El resto de las narraciones (firmadas por Ramón Bueno, Mariana Font, Carlos Gámez, Carolina Bruck, Yannick García y Wilmar Cabrera), aún mostrando argumentos ambiciosos y correcta prosa, no acaban de alzar el vuelo.
El cuento es un género complejo que requiere el pulso de un relojero y la habilidad de un prestidigitador. En muchos casos parte de un chispazo argumental cuyo desarrollo y cierre ha de conformar un todo sin fisuras, redondo, que se agote o acabe en sí mismo. En demasiadas ocasiones leemos historias cortas que se inician poderosamente para acabar desembocando en un gatillazo narrativo no acorde a las expectativas que nos había sugerido. Muchos novelistas de prestigio han intentado incursionar en el género, con distinta suerte, y por ello me cuesta compartir la idea de Carrión de que el cuento es “la zona de pruebas” del escritor. Cierto que da soltura y oficio, como lo da el artículo de opinión, pero nunca debería verse exclusivamente como “un gimnasio o laboratorio de futuras novelas”. Lo que tenga que venir vendrá, en efecto, pero el cuento o se hace bien o es mejor no tocarlo.  

jueves, 10 de octubre de 2013

Todos quieren un Planeta



Contrariamente a lo que pudiera parecer, la atracción del premio literario no es algo actual. Ya en 1900, el por entonces famoso concurso de cuentos de El Liberal de Madrid atrajo a 667 concursantes. El premio no era moco de pavo para la época (500 pesetas). Y ya entonces se le dio el galardón a un escritor y periodista en boga en esos años, José Nogales, autor de tercera que el tiempo se encargó de borrar, seguramente con toda justicia. El segundo premio, como hoy los finalistas de algunos certámenes famosos, fue a parar a otra personalidad literaria del momento, doña Emilia de Pardo Bazán. Entre aquellos 667 concursantes, de la mayoría de los cuales jamás sabremos, había un joven autor extravagante al que dejaron al pairo, un tal Ramón del Valle Inclán. Baste el ejemplo para comprobar la ya vieja y discutida fiabilidad de los premios.
La socarrona pluma de Clarín se regodeaba en uno de sus “paliques” ante tamaña participación en el certamen de El Liberal: “Pasma la fecundidad de nuestro pueblo para inventar mentiras”. Cada año recuerdo esta frase cuando veo la alta participación que obtiene el premio de los premios: el Planeta. 500 obras presentadas. Quinientos autores, quinientas ilusiones, quinientas botellas a un mar proceloso, ¿quinientos ingenuos? De todo hay.
No deja de resultar como mínimo curioso que el mejor dotado de los galardones literarios españoles congregue anualmente este alud de obras postulándose al éxito, máximo teniendo en cuenta que también es uno de los premios menos fiable del panorama. El Planeta no ha premiado a ningún autor desconocido u incipiente desde los primeros 70, y sólo ha arriesgado rara vez con algún que otro finalista y con algún joven autor que venía precedido por alguna obra exitosa (casos como el de De Prada o Espido Freire, de los que en ningún caso fueron los descubridores iniciales). Aún así, el Planeta y su suculenta bolsa no han perdido su poder de convocatoria. Ni un ápice.
Es hasta cierto punto comprensible que un autor de los llamados “consagrados” busque en el Planeta un retiro dorado (más incluso que el prestigio literario, ya muy cuestionado). Con el dinero de este premio, un escritor puede dejar los malabarismos garbanceros propios del gremio y dedicarse a su obra con la tranquilidad necesaria. A priori esto no debe parecernos mal, pues no se me antoja más obsceno dar 600.000 euros a una novela que millones a un tipo que corre tras un balón. Pero, ¿se premia siempre la mejor obra recibida o se premia al nombre famoso? Gran pregunta esta, en parte respondida ya en una ocasión por el viejo y astuto Lara: “si yo convoco un premio de pintura y se me presenta un Picasso, ¿a quién doy el premio?” A buen entendedor…
El Planeta, justo es decirlo, lleva años sin aportar nada realmente importante, nuevo o rompedor a la literatura española. Ni tan siquiera autores de toda solvencia e incuestionable talento como Marsé, Mendoza o el propio Cela ganaron con ninguna de sus mejores obras. En efecto, el caso se nos parece demasiado a aquella añosa convocatoria de El Liberal de hace un siglo, capaz de no discernir la calidad de un Valle Inclán en ciernes para ofrecer el premio al autor renombrado de turno. Pero luego llega el tiempo, implacable jurado, y ya sabemos cómo las gasta.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Habitación 201: la Antología.


Con autores de ambos lados del mar, ya está aquí la antología 201 en la que tengo el honor de participar junto a grandes amigos. De momento ha salido en Perú, y esperamos que llegue a España muy pronto.Los infectados soKatya Adaui, Sandro Aguilar, Baltazar Andurriales, Mario Aragón, Giselle Aronson, Luis Artigue, Luis Augusto, Belisa Bartra, Alberto Benza, Ludo Bermejo, Eduardo Berti, Sandra Bianchi, Micky Bolaños, Pablo Brescia, Carlos Calderón Fajardo, Sophie Canal, Leonardo Caparrós, Ernesto Carlín, Alberto Caturla Viladot, Miguel Antonio Chávez, Víctor Lorenzo Cinca, Patricia Colchado, Claudia Cortalezzi, Irma del Águila, Willy del Pozo, Raúl del Valle, Saúl R. Deus, Eva Díaz Riobello, José Donayre, Daniela Dozzo, Esteban Dublín, Christian Elguera, Patricia Esteban Erlés, Cecilia Eudave, Santiago Eximeno, Alina Gadea, Óscar Gallegos, Martín Gardella, Antonio Gazís, Isabel González, Wilson Gorj, José Güich, Fernando Iwasaki, Antonio Jiménez Morato, Rafael Juárez, Luisa Fernanda Lindo, Gonzalo Málaga, Alex Marín, Pablo Martín Sánchez, José María Merino, Cristian Mitelman, Manuel Moyano, Miguel Ángel Muñoz, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Diego Muñoz Valenzuela, Alejandro Neyra, Lucía Noboa, Clara Obligado, Karl Oharak, Ángel Olgoso, Julia Otxoa, Karina Pacheco, Félix J. Palma, Diego Prado, Henry Quintanilla, Salvador Luis, Jorge Ramos Cabezas, Carlos Rengifo, Ricardo Reques, David Roas, Tahiche Rodríguez, Pilar Roselló, Hans Rothgiesser, Miguel Ruiz Effio, María Paz Ruiz Gil, Daniel Salvo, Fernando Sánchez Ortiz, Rubén Sánchez Trigos, Teresa Serván, Ana María Shua, Óscar Sipán, Ricardo Sumalavia, Juan Carlos Townsend, Tanya Tynjälä, Jorge Ureta, Jorge Valenzuela Garcés, Luisa Valenzuela, Miguel Ángel Vallejo, Rony Vásquez, Anca Visdei, Isabel Wageman, Ezequiel Wajncer, Julia Wong, Rodolfo Ybarra, Glauconar Yue, Iban Zaldua, Miguel Ángel Zapata, Julio César Zavala Vega, Lucho Zúñiga.

viernes, 30 de agosto de 2013

El otro Martín Sánchez



            El hecho está constatado: cada año aparecen un puñado de primeras novelas dispuestas a ganarse un espacio en la batalla de los escaparates. De esas obras, la mayoría firmadas por autores muy jóvenes, pocas de ellas alzan aún el vuelo, pocas alcanzan a ser algo más que una promesa todavía en agraz, balbucientes ensayos de lo que podrían llegar a ser en el futuro si continuaran con tesón e ilusión, dos ingredientes básicos que, sin embargo, muchas veces se diluyen al primer intento. Si algo me pone de mal humor al abrir una primera novela es encontrarme con una total falta de ambición literaria, con una prosa en sordina, con una grave carencia de inventiva y de escrúpulo en el estilo, como si esos escritores aún debutantes ya estuvieran agotados y se hubiesen puesto a escribir porque sí, sin demasiada voluntad. Dicho esto, hemos de afirmar ya que la primera novela de Pablo Martín Sánchez (Reus, 1977) representa todo lo contrario a lo comentado en las líneas precedentes. En efecto: tras un libro de relatos más que notable, Martín Sánchez se descuelga con un novelón de más de 600 páginas para tomar su alternativa como novelista. Esto ya es en sí mismo un reto y un peligro, pero también una muestra de vocación literaria sin medias tintas. No obstante, seguro de las posibilidades de la historia que va a contarnos, el autor presenta desde el principio unas credenciales envidiables que en pocas páginas disipan las dudas e incluso el escepticismo del más pintado.
El anarquista que se llamaba como yo.  





















          Se ha repetido en todos los medios cómo nació este libro. El escritor puso su nombre en el buscador de Google y apareció un tal Martín Sánchez ajusticiado en 1924 por una intentona anarquista prácticamente olvidada hoy día. Esto picó su curiosidad de inventor de historias y entendió que ahí había una novela: esta novela. Por tanto, el autor ha tenido que tirar de un hilo muy delgado, dada la escasa información disponible sobre su tocayo, y llevar a cabo un trabajo de documentación digno de un sabueso para esclarecer no sólo los acontecimientos que llevaron a un grupo de pobres ingenuos a querer tomar España para derrocar al dictador Primo de Rivera, sino para llenar las lagunas existentes sobre la vida de Pablo Martín Sánchez. El resultado es apabullante, pero en ningún momento un mero listado de datos históricos. El de Reus ha sabido montar con gran eficacia una trama novelesca que no se puede abandonar, y que arrastra al lector hasta el final (un final, por cierto, con sorpresa inesperada).
            En realidad, Pablo Martín Sánchez no es un personaje histórico de primera fila, y el autor, consciente de ello, tiende a novelar su vida y apoyarse más en la intrahistoria subyacente que en los meros hechos acontecidos. Narrada en dos planos temporales distintos (el que se remonta a la infancia, adolescencia y juventud del futuro anarquista, y un segundo que nos lleva al momento de los acontecimientos que marcaron su existencia y su “posteridad”), el escritor aprovecha para pintarnos un fresco de la España del momento y del exilio patrio en Francia, entre personajes reales e inventados, todo ello contado con una soltura admirable que desliga al escritor del mero historicista.
                  La ficción en torno al fenómeno anarquista español es escasa en nuestras letras. Con excepción de algunas obras ya clásicas de Pío Baroja y Valle Inclán, hay que dar un salto hasta 1975 con “La verdad sobre el caso Savolta” de Mendoza para toparnos con una novela relativamente cercana, o más recientemente con libros como “Cárceles imaginarias” de Luis Leante o “El hombre que mató a Durruti” de Pedro de Paz. “El anarquista que se llamaba como yo” viene a cubrir, pues, un vacío singular y a esclarecer de paso un acontecimiento poco conocido y lleno de brumas. Pero eso sería insuficiente si esta novela no estuviera escrita con el pulso firme de un verdadero narrador, un autor que no sólo ha salido victorioso de tamaño reto sino que se ha dejado el listón alto. No obstante, y al albur de lo leído, estamos en condiciones de asegurar que Martín Sánchez aún ha de depararnos grandes alegrías en el futuro.

miércoles, 19 de junio de 2013

El origen menorquín de Albert Camus



           Mientras no pocos de los sucesos políticos y sociales que cerraron el convulso siglo XX fueron dejando obsoletos algunos de los anunciados existencialistas, y al tiempo que autores como Sartre son hoy incluso discutidos literariamente, la obra y el talante ético de Albert Camus no ha hecho más que revalorarse. La edición de sus obras completas en la mítica Pléyade francesa ha vuelto a situar en primera línea al autor de Calígula que, en realidad, no ha dejado nunca de estar de actualidad. Su particular visión del colonialismo francés, su inquebrantable independencia y una naturaleza exacerbadamente nihilista, unido todo a la intemporalidad moral de sus obras y a su temprana muerte, han ayudado a crear una especie de atractiva aura en torno a su recuerdo. Sus textos dramáticos siguen subiendo frecuentemente a escena, novelas como El extranjero o La peste continúan figurando entre los libros esenciales de la historia de la literatura, y su discurso filosófico genera aún sorpresa y adhesión, cobrando una especial significación en estos tiempos confusos y apáticos.

            Con motivo de la aparición, hace ya dos décadas, del libro inédito El primer hombre, texto de alto contenido autobiográfico que Camus llevaba consigo cuando perdió la vida en un estúpido accidente de automóvil, se habló mucho de la ascendencia española y balear del Premio Nobel. Se ha afirmado en diversas ocasiones que la madre del escritor era natural de la isla de Menorca. En realidad tal dato es erróneo, pues quien sí era menorquina fue su abuela materna, Catalina Cardona Fedelich, nacida en el pueblecito de San Luis en 1857.
            Como veremos seguidamente, el famoso autor ostentaría como segundo apellido el tan menorquín linaje de Sintes. Esto, en realidad, no hubiera sido ninguna sorpresa para los muchos habitantes de Baleares que, atraídos por las supuestas ventajas que prometía el gobierno francés en sus nuevas tierras de Argelia, llegaban como mano de obra cualificada a Argel y alrededores. En concreto, los colonos menorquines fundaron villas importantes como Fort de L’Eau y muchos otros emigrantes baleáricos se desempeñaron en oficios antaño tan isleños como el de zapatero. La mayoría de estos emigrantes no regresaron a las islas y su descendencia se extendió por los tres amplios departamentos en que se dividía entonces Argelia: Argel, Orán y Constantina. Por eso, incluso hoy, es frecuente hallar aún en esos lares personas que llevan apellidos tan nuestros como Pons, Florit, Orfila, Goñalons, etc.
            La familia materna de Albert Camus sería una más de las muchas que emprendieron el viaje hacia aquellas tierras en busca de una nueva vida. Sus bisabuelos Miguel Sintes y Margarita Cursach, casados en Ciudadela, emigraron a Argelia a principios del siglo XIX. Allí nació ya su hijo Esteban Sintes Cursach, quien al mismo tiempo contraería matrimonio en Kouba con una menorquina, la abuela materna de Camus, Catalina Cardona Fedelich. Vivieron de las labores agrícolas y tuvieron tres hijos, dos chicos y una chica. Ésta última, Catalina Sintes Cardona, nació en Birkadem, pequeña población campesina a pocos kilómetros de Argel, en 1882. La futura madre de Albert Camus era, pues, hija de un descendiente directo de menorquines y de una menorquina de cuna, con lo cual queda aclarada aquí la frecuente confusión sobre la ascendencia menorquina del autor francés.
            La madre de Camus conoció en Cheraga, también distante pocos kilómetros de la capital, a Lucien Albert Camus, joven francés que había regresado tras cumplir su servicio militar. Su suegro, Esteban Sintes, le consiguió un empleo como transportista en un almacén de vinos. El matrimonio entre los padres de Camus duró poco, puesto que Lucien fue movilizado durante la Primera Guerra Mundial y moriría en el frente cuando su hijo Albert contaba sólo un año. El escritor había nacido hace ahora 100 años en Mondovi, Constantina.
            En El primer hombre, Camus refiere por primera vez aspectos familiares como la infancia en Argelia, su amistad con hijos de españoles y franceses, la temprana muerte del padre apenas conocido, y el recuerdo de su abuela menorquina, mujer autoritaria y de fuerte carácter que vivía junto a la viuda Camus Sintes, sus otros dos hijos y sus dos nietos en un pequeño apartamento de dos habitaciones en el modesto barrio argelino de Belcourt. Las estrecheces de la familia pueden darse por supuestas. La madre de Camus, que sobrevivió a su hijo únicamente nueve meses, falleció en aquel sencillo pisito donde habían vivido todos juntos.
Entrada en el pueblecito menorquín de San Luis, localidad natal de la abuela de Camus
            Existen referencias sobre una breve visita de Camus a Mallorca. No así a Menorca, tierra de sus antepasados, de la que su abuela le había contado leyendas y enseñado algunas palabras dialectales. Probablemente fuera ése un viaje demorado que su inesperada muerte truncó.
            El Verano, un delicioso librito escrito tras la Segunda Guerra Mundial, es seguramente (junto al póstumo El primer Hombre) una de las obras más personales de Camus, donde mejor y más bellamente brotan sus raíces mediterráneas. En él escribe cosas tan significativas como: “Crecí en el mar y la pobreza fue para mí fastuosa; después perdí el mar, todos los lujos me parecieron grises, la miseria intolerable. Desde entonces espero.”
            Espera, sí, como esperan las islas. Espera su reencuentro con el viento, con sus orígenes, aquel que no se sintió francés entre los franceses ni argelino entre los argelinos, eterno extranjero en todas partes.

lunes, 27 de mayo de 2013

La última de todas las batallas

La última de todas las batallas
José Luis Espina
e.d.a libros, 209 pág.
Si un rasgo común define los 11 relatos de “La última de todas las batallas”, el nuevo libro del narrador y activista cultural asturiano José Luis Espina, este es el de la tristeza que destilan sus personajes, seres desencantados que observan el presente con incredulidad y tienden a refugiarse en un pasado más amable, bien sea en el territorio inmarchitable de la infancia o simplemente en el recuerdo de tiempos mejores. Vacío y desconcierto hermana a todos los protagonistas de estos relatos, algunos más cercanos al fragmento narrativo que al cuento en su definición más clásica, por cuanto los hay que apenas esbozan una historia donde los presagios y las intuiciones son primordiales. Se tratan de relatos que podríamos definir como “realismo psicológico” (no en vano, Espina es licenciado en Psicología), puesto que el magnífico ahondamiento introspectivo de los personajes muchas veces se sobrepone a la acción misma y marca el rumbo de la historia. Dos cuentos, sin embargo, vendrían a desmontar un poco lo afirmado, ya que “Suerte” y “Soplo de musas” muestran rasgos fantásticos más que evidentes, en especial el segundo de ellos que juega con la idea de la detención del tiempo. Aún así, el resultado no se aleja de la voluntad conjunta de repudiar un presente gris y sin atributos, donde los horizontes parecen oleos en blanco y negro tiznados de desesperanza.
Con ecos de la narrativa breve norteamericana (MacCullers, Carver) pero también europea, “La última de todas las batallas” muestra una voluntad por eludir la realidad deslucida del presente en una especie de búsqueda de salvación (seguramente infructuosa) en el tiempo ya consumido, ya gastado, ya vivido, pero que se nos aparece demasiadas veces como el único legado que nos justifica frente al abismo.
Ante la paulatina raquitización de la prosa actual, Espina luce un lenguaje musculado y firme, alejado del plano e impersonal tono funcional que una buena parte de los narradores de ahora utilizan, lo cual se agradece. Lenguaje e introspección son, pues, las dos grandes bazas de la literatura de este autor, que sabe y conoce que el empleo de la palabra correcta es la más fructífera herramienta analítica para evocar los estados interiores de los personajes, e incluso pronosticar sus acciones. 

martes, 14 de mayo de 2013

Camino de redención


        Si de entrada resulta difícil ser hijo de uno de los mayores iconos de la literatura americana del siglo XX y batallar contra esa alargada sombra, mucho más es serlo de un tipo amargado, resentido y de fuerte carácter, un hombre como John Fante, que poseía un talento narrativo casi tan elevado como su nula capacidad para hacer amigos. Pero ésta no es una biografía al uso porque Dan Fante, el segundo de los cuatro hijos del escritor americano, utiliza el pretexto del padre para hablarnos en realidad de él mismo, de su vida llena de altibajos y caídas en el abismo, una vida azarosa y ajetreada cuyo patrón parece sacado de uno de los perdidos personajes del propio John Fante. Alcohólico desde muy joven, depresivo, con enormes problemas de sociabilidad y una tendencia casi funesta a meterse en líos y arruinar su vida, Dan Fante (Los Ángeles, 1944) postergó durante muchísimos años su -por otro lado- natural inclinación a la literatura hasta el punto de no poder sentarse a escribir mientras su progenitor vivió, como si le debiera un respeto al padre, una veneración que le arrastró en cambio al barro de la vida, a la autodestrucción y al vagabundeo etílico durante décadas. Mañoso para hacer dinero y malas compañías, Fante junior nos cuenta aquí, con una sinceridad demoledora y en absoluto impostada, cómo tocó fondo varias veces y de qué manera salió del pozo y encontró su tabla de salvación en la escritura. Y mientras todo eso ocurre, la imagen del gran Fante padre, un tipo hecho a sí mismo e injustamente ignorado por el establishment literario de su tiempo, planea sobre todo el libro como un estigma a ratos doloroso y otros estimulante.   
Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia
Dan Fante
Sajalín, 423 pág. Traducción de Federico Corriente

            John Fante se mostró siempre escéptico en cuanto a las posibilidades de su hijo, que parecía empeñado en ser un perdedor de manual. No obstante “el viejo”, como le llama familiarmente Dan Fante en el libro, le va a dejar en herencia -y probablemente sin ser consciente de ello- el mejor consejo que puede ofrecerle un escritor a un autor en ciernes: Una buena novela puede cambiar el mundo. Tenlo presente antes de tomar la decisión de sentarte delante de una máquina de escribir. Nunca pierdas el tiempo con algo en lo que tú no creas. Fante hijo lo tomó al pie de la letra y comprendió tiempo después que escribir es un oficio que hay que ejercer por vocación, sin esperar mucho a cambio.
            La relación entre padre e hijo fue siempre difícil y tirante, seguramente porque ambos se parecían bastante. Orgullosos, testarudos, aficionados a hacer equilibrios sobre la cuerda floja y a derrochar su talento en menesteres poco o nada literarios, vemos como el padre “vende el culo” (según sus propias palabras) al Hollywood dorado para cobrar sus suculentos cheques de guionista mientras su obra narrativa pasa desapercibida; y asistimos a las peregrinaciones del hijo de empleo en empleo, como taxista, conductor de limusinas, vendedor a domicilio, detective privado y un largo etcétera que no sólo le sirve para construirse el currículum clásico del escritor maldito americano, sino para vivir múltiples situaciones surrealistas y conocer a gente del más variopinto pelaje y de ambos lados de la escala social.
            Escrito con el ritmo trepidante de una novela, en un estilo seco como un Martini, directo y sin tapujos como un gancho de izquierda, este libro no se amedrenta a la hora de hacer descender a las alcantarillas de lo cotidiano al mito americano que hoy representa Fante. Padre algo descuidado, marido mediocre e infiel, jugador malencarado, bebedor de fondo, obsesionado por la indiferencia que causaba su obra y con una enquistada sensación de estar traicionándose a sí mismo trabajando para el mundo del cine, no es ciertamente ésta una hagiografía del gran John Fante y eso se agradece. Dan no se muerde la lengua ante las faltas paternas ni ante los trapos sucios de una familia como poco curiosa, con una madre muy leída y aficionada a la nigromancia y un sádico hermano mayor que acabará muriendo víctima del alcohol. Pero sobretodo Fante junior es duramente crítico consigo mismo, sin escatimar escabrosos momentos de su vida, incluyendo sus terribles intentos de suicidio y de desintoxicación en solitario, sus múltiples y generalmente desastrosas relaciones amorosas, sus tentativas por escribir y sus frecuentes ataques de locura. La honestidad apabullante con que está escrito este libro desarma al más pintado y acaba mostrándonos, como una confesión redentora, la tremenda senda vital de un hombre que, con sudor, alcohol a litros y no pocas lágrimas, luchó por escapar del destino que le parecía marcado desde el apellido y que, matando metafóricamente al progenitor, ha logrado plasmar la mejor y más emotiva elegía de amor y admiración que un hijo pueda escribir a un padre.      

martes, 23 de abril de 2013

Cuentos para minutos


            Uno de los grandes maestros del cuento fantástico español, el ahora injustamente olvidado Esteban Padrós de Palacios, decía en su ya clásica definición sobre el cuento que lo que distingue a éste de cualquier otro texto breve es precisamente el final. Es decir, la conclusión la historia, bien sea a través de un fin abierto o cerrado. El final sorpresa, siempre tan ligado al cuento de corte fantástico, y tan antiguo que habría que remontarse al propio Poe e incluso antes, es despreciado hoy por algunos modernillos para los que se diría que todo empieza y acaba en Carver. Por fortuna, en nuestro país se vive actualmente una reivindicación del cuento de raíz clásica, con el elemento fantástico por bandera, abanderada por algunos de los mejores narradores del momento (Félix J. Palma, David Roas, Muñoz Rengel, Hipólito G. Navarro, Patricia Esteban Erlés, Carlos Castán y muchos otros). A este ejército de fabuladores de la “distorsión de lo cotidiano” se alinea “El enmendador de corazones”, un pequeño librito de 15 cuentos, la mayoría muy breves, del madrileño afincado en Córdoba Ricardo Reques.
El enmendador de corazones
Ricardo Reques
Alhulia, Granada, 108 pág.

            En el volumen se dan cita cuentos de corte más canónico con otros de estilos y temas más cercanos (véase una posible e inquietante versión de la célebre película “Instinto Básico” en el cuento “El secreto de Tramell”), pero todos transidos por la presencia de lo perturbador. En ellos aparecen los miedos eternos que llenaron las viejas leyendas populares (es fácil rastrear desde un velado homenaje de Las mil y una noche en cuentos como “Confesiones de un viejo loco”, a guiños a la tradición cuentística decimonónica que irían desde W. Irving a H. Quiroga en relatos como “La muerte del paleontólogo” o “El viejo olmo”).  Reques, como buen biólogo, nos sitúa en ocasiones en el límite de la lógica científica (como solía hacer el maestro Poe en sus cuentos más analíticos), con personajes en su mayoría solitarios, de vidas grises, y gusta del detalle aparentemente anodino, de la extrañeza en marcos preferiblemente rurales o apartados, y del desenlace sorpresa o mínimamente anómalo.
            Decía también Padrós de Palacios que el verdadero cuento es aquel que puede contarse. Los de Reques lo son, por extensión, por tensión y por narratividad. Este librito merece la oportunidad de poder llegar a sus lectores y que estos confíen plenamente en ser “engañados” como sólo lo consigue un buen cuentista.    

jueves, 11 de abril de 2013

Escrito en el agua


            Si los números no me fallan, este año se cumplen 25 la de publicación del primer libro del narrador manchego Pedro Menchén. A lo largo de estas dos décadas y media ha sacado sólo 7 libros. Y pongo este sólo en cursiva porque me parecen suficientes, al menos para certificar la calidad de un autor, sobre todo si lo comparamos con el alud desproporcionado e irregular de algunos escritores que no paran de atosigar los escaparates de las librerías. Sin embargo, y como nos recuerda el propio Menchén en el prólogo de esta obra, su nombre apenas ha trascendido al gran público (si por “gran público” entendemos toda esa tropa de lectores -sin demasiados escrúpulos estéticos- que leen a un Falcones, por ejemplo). En efecto, Menchén ha ido por libre y ha escrito lo que quería, ajeno a la dictadura del mercado, alejado de ambientes literarios y compadreos, todo lo cual le ha costado el ser considerado un autor raro y marginal entre los de su generación.
Escrito en el agua
Pedro Menchén
Odisea Editorial, Madrid. 422 pág.

            “Escrito en el agua” es un libro de intención autobiográfica en el que Pedro Menchén vierte los recuerdos de su niñez solitaria (nublada por un padre insensible), y los días de su juventud en Madrid y Benidorm, ciudad en la que vive desde finales de los 70. Pero aún siendo unas memorias, este libro no puede entenderse como una autobiografía al uso, sino más bien como un profundo ejercicio de autoaceptación personal, un retrato en absoluto complaciente de su doble condición de hombre y escritor, si es que ambas facetas pueden separarse. Por eso Menchén utiliza la franqueza absoluta y dolorosa de un espejo, sin pudores ni máscaras, a veces incluso ejerciendo una crueldad excesiva sobre sí mismo, alejándose de esta forma del tono generalmente ególatra y ufano que transita por el género autobiográfico español. Diríase que Menchén hubiera pretendido alcanzar, a través de las palabras, alguna especie de redención para con algunos momentos decisivos de su vida, una vida marcada por su identidad sexual y por su vocación artística. Exigente al máximo consigo mismo (puede tardar años en revisar un libro suyo, por ejemplo), también lo es a la hora de evocar algunas de las personas que le acompañaron en aquellos años de tardofranquismo, transición y primera democracia. No escatima detalles al hablar de sus difíciles relaciones con el padre o el hermano, al explicar sus amoríos más o menos furtivos en un tiempo de tímida emancipación sexual, o al opinar sobre personajes que trató en esos años, como Umbral o el pintor de la generación del 27 Gregorio Prieto, con quien mantuvo una extraña relación de amor-odio que ocupa un capítulo entero.
            Alguien podría pensar, malévolamente, qué interés puede tener la vida de un escritor homosexual poco conocido. En mi opinión, cualquier existencia vivida con intensidad tiene interés, por anodina que parezca. Y la de Pedro Menchén, salvando sus características intransferibles, viene a representar la vida misma de muchas personas que durante los difíciles 60 y 70 lucharon por escapar de la mediocridad circundante y por hacer valer su condición sexual como un ejemplo de normalidad. Al mismo tiempo, Menchén nos va contando la evolución de su carrera literaria, paralela a la de su madurez. El resultado es un fresco transparente y ágil de unos años que parecen muy lejanos y que, sin embargo, forjaron buena parte de la España de hoy, para bien y para mal. Menchén fue testigo lúcido de ello, aunque en un voluntario y discreto segundo plano. Quizá a él le bastó así, y así lo cuenta, sin colgarse medallas ni inventar batallitas, lejos de la hagiografía y los oropeles, con tierna humanidad y sinceridad desgarradora. Un libro, pues, decididamente entrañable.          

sábado, 23 de marzo de 2013

La sombra de Delibes es alargada


            Todo cuanto yo sabía de Miguel Delibes hace unos 30 años es que había nacido en Valladolid en 1920 y que era catedrático de Derecho Mercantil. Y esos datos biográficos no eran debidos a mi condición de buen estudiante, sino más bien al contrario. Aquello llegué a aprenderlo de memoria gracias a un castigo por desaplicado consistente en copiar varias veces el texto que figuraba junto a un fragmento de  “La sombra del ciprés es alargada” en el libro de Lenguaje de quinto curso. Maravillas de la pedagogía de pandereta de fines de los 70. Recuerdo la foto de Don Miguel, sonriente, con unas gafas neandertales de pasta negra que le daban un aire de Rompetechos ilustrado. Esa fue la primera vez que oí hablar del maestro.
            Tuvieron que pasar varios años más para que Delibes regresara a mi vida, ya de forma placentera. Pero debo confesar que, al principio, su prosa me resultaba complicada. Y no lo era en realidad, únicamente ponía al descubierto mi frágil conocimiento del castellano más puro, aquel que Don Miguel había recogido en sus largas conversaciones con pastores, lugareños y cazadores de la ancha Castilla. Sólo mucho después pude calibrar la maravilla de aquel lenguaje condenado a la extinción, comprender que las palabras del maestro nacían del mismo surco de la tierra, abonadas por su imaginación y su comprensión infinita del alma humana. Nadie como él (a lo sumo, quizá, el primer Aldecoa) supo retratar con tanta humanidad y ternura a las gentes de a pie, a los humildes, a los aparentemente anodinos. Ni nadie supo como él describir el mundo rural, el campo y sus pobladores con la visión agridulce, nunca bucólica, del mejor paisajista. Quizá porque Don Miguel se sentía parte de ellos, o la voz de todos ellos, alejado de oropeles intelectuales. Le gustaban las cosas sencillas, como salir al campo al amanecer, escopeta al hombro, o pescar en el río que pasaba junto a su caseta de veraneo en Sedano, un pueblecito de Burgos donde se aislaba de todo y en el que aún hoy le recuerdan con cariño.
            Cada año desde 2002 suelo releer las cartas entre Delibes y Josep Vergés, su editor de toda la vida y dueño de la editorial Destino, que se publicaron por entonces en un tomo. Abarcan desde 1948, año en que el escritor obtuvo el Nadal y editó su primer libro, hasta los años 90. Aparte de ser la crónica de una amistad extendida en el tiempo (impensable hoy entre un escritor y un editor), su correspondencia mutua ofrece, más allá de asuntos puramente contables o mercantiles, un testimonio de primera mano sobre el Delibes íntimo, el Delibes padre de familia (numerosa), el profesor querido y el periodista entusiasta. Y por supuesto, el retrato del Delibes narrador, siempre dudoso de la calidad de su obra. Asistimos a la génesis de algunas de sus novelas más famosas, comprobamos la humanidad infinita de un hombre bueno y sencillo que apenas tiene palabras negativas para nadie, que ayuda desinteresadamente a cuantas personas se lo piden y que, escondido continuamente tras el argumento de una imaginaria falta de aptitudes, se convierte en un ser autoexigente y perfeccionista con su trabajo. Emociona ver cómo el gran escritor cae constantemente en su recurrente miedo a estar acabado como narrador. Pasamos por su repentina viudedad, que acepta con una entereza escalofriante, por sus viajes a universidades de EEUU, por sus gestiones encaminadas a  ayudar a conocidos y amigos que atraviesan por momentos malos (Umbral, César Alonso de los Ríos, Alarcos…) o por simples anécdotas familiares.
La lectura repetida de estas cartas me ha ayudado siempre a mantener la humildad frente a la vanidad intrínseca que va ligada a todo oficio de creación. Para mí es un libro de cabecera, que recomiendo a todos los escritores. No cabe mejor maestro en el arte de la sencillez y la bondad que Miguel Delibes.
Umbral decía de él que cuando iba a Madrid parecía un provinciano que fuera a hacer un recado o al médico, apresurado por volver a su lugar. Y su lugar era Valladolid, de donde no quiso marchar ni cuando le ofrecieron dirigir El País. La ciudad no le gustaba. Algunos modernos han salido luego diciendo que su prosa es de otro tiempo. Hay que ser muy lerdo para no ver que su lenguaje cristalino es una lección suprema de buen castellano y que sus criaturas, con sus miserias y afanes, tienden a la intemporalidad. Hombre achacoso, con una mala salud de hierro, el abuelo sabio y generoso que todos hubiéramos querido tener, el vallisoletano nos lega un puñado de personajes inolvidables, llenos de ternura y soledad, que forman parte ya de la historia literaria: Daniel el Mochuelo, Paco el Bajo, Lorenzo el Cazador, la Desi, el señor Cayo… Y algunas de las mejores novelas del siglo XX.
Ya no habrá más perdices rojas ni más truchas en el zurrón terrenal de Don Miguel. Pero las muestras de admiración unánimes que se han visto estos días en torno a su persona, incluso en gentes que jamás han leído un libro suyo, dicen mucho del hombre bonachón y amable que fue. A buen seguro, donde quiera que vayan los verdaderamente grandes, el viejo cazador habrá encontrado ya su coto.  

jueves, 24 de enero de 2013

Homicidios Involuntarios


La pregunta que debemos hacernos es esta: ¿es posible imaginar la historia de una asesina en serie que no posea maldad ninguna? Parece casi contradictorio, pero la madrileña Isabel Camblor lo ha hecho en su última obra, galardonada con el Premio Internacional Ciudad de Barbastro de Novela Corta 2012. Y yo podría afirmar que se trata de la crónica de una depresión y quedarme tan ancho, pero sería sin duda una visión parcial e incompleta.
Memoria de la inocente niña homicida
Isabel Camblor
Pre-textos, 2012. 194 pág.

En “Memoria de la inocente niña homicida” (título, en mi opinión, quizá demasiado explícito), Elena vive a los siete años un suceso trágico que marcará su vida y sus actos desde entonces. Llegada a la universidad oriunda de un pequeño pueblo, se verá enfrentada a una realidad hostil que chocará con su natural candor y que la obligará a levantar lentamente un muro de contención mental del que no hay salida posible. Pero tras ese adarve propio la lógica funciona de manera espontáneamente autónoma, justificando cualquier acto que esté encaminado a mantener ese equilibrio interior. Por eso, pese a las punibles acciones que Elena irá desplegando, la protagonista no deja de caernos simpática, moviéndonos a la ternura y a la sonrisa, a la lástima y al escalofrío.
Escrita con un estilo sencillo y directo, no exento de humor agridulce, en el que se pueden rastrear influencias lejanas y variopintas que podrían ir desde los niños tontos de Matute a los hermanos gemelos de Kristof, Isabel Camblor (no en vano con un master en Psicología Clínica) ha sabido trazar en su libro el retrato oscuro de una psicopatía compleja, gestionada por su protagonista desde una inocencia e ingenuidad aplastantes.
En el fondo asistimos a la historia de una huida hacia delante, a una evasión de la realidad, de la locura, quizá de la verdad. Y lo mismo que le sucede a Don Quijote cuando al final recupera la lucidez por un momento, la imposición terrible de lo evidente llevará a Elena a su particular caída. Una novela, pues, sobre nuestros más íntimos y acendrados abismos interiores.