El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

sábado, 27 de octubre de 2012

La soledad del esbirro

"La Deuda" Felipe Hernández
Sloper, 2012, 299 pág.
         Felipe Hernández, afincado en Mallorca desde hace años, es uno de los más extraños casos de honestidad literaria de las letras recientes. A fines de los ochenta inició una sólida carrera como escritor, avalada por diversos premios y fervorosas palabras de la crítica, pero tras cinco novelas (la última aparecida en 2002) el autor se sumió en un largo y voluntario silencio creativo motivado por una crisis personal y por la asumida concienciación de que no todo es válido para ponerse a escribir, una aptitud de la que podrían aprender algunos incontinentes de la letra impresa que llevan años repitiéndose como el ajo. Dedicado a su faceta paralela de músico, finalmente, y con el nombre de Philip Meridian, reapareció en 2011 con el poemario “Un corazón de noche” (Sloper), su primera incursión poética desde 1981. La misma editorial Sloper ha aprovechado para reeditar ahora una de sus mejores novelas, “La Deuda” (publicada originariamente en Planeta en 1998), y cuyo título no deja de ser irónico en el actual panorama económico en que se ve sumido ahora el país.
            De entrada debemos hacer una afirmación rotunda: “La Deuda” es una extraordinaria novela. Cuando uno dedica parte de sus esfuerzos a reseñar libros, toparse con una obra de tales características entre tantos mamotretos prescindibles le llena de gozo, ese mismo gozo que nos embargó como lectores en los tiempos ya lejanos (ay) de los descubrimientos.
            La trama se inicia como un argumento de novela negra: Andrés Vigil, un hombre pusilánime que pierde su trabajo, contrae una deuda con un prestamista para comprarse un violoncelo, instrumento que acabará siendo el símbolo mismo de la frustración. Pero cuando Vigil acude a la oficina del usurero se topa con una sorpresa inesperada, puesto que un extraño personaje llamado Alejandro Godoy no sólo cancelará su deuda pendiente sino que se convertirá desde entonces en un acreedor mucho más terrible e implacable. De este modo, lenta pero firmemente, la novela va convirtiéndose en un perfecto engranaje psicológico que sobrepasa con mucho los límites normales del género negro para transformarse en una asfixiante parábola sobre el poder y el despotismo, la locura y la falta de voluntad, y al tiempo en una aún más terrible visión de los abismos interiores.
            Felipe Hernández posee una sorprendente capacidad para penetrar en los recodos más oscuros del alma humana, con una precisión casi forense que nos deja sin aliento y nos tatúa a fuego el miedo más elemental. La demencia a la que sucumbe la mente privilegiada de Godoy, y la incapacidad de Vigil para dirigir su propio destino, conforman una tensión narrativa de tintes kafkianos, de inesperadas consecuencias, que bien podría interpretarse como una brutal alegoría de los totalitarismos y de esa especie de Síndrome de Estocolmo que acaba padeciendo resignadamente la sociedad.
            Catorce años después, “La Deuda” no sólo mantiene intacta su actualidad y su interés sino que se muestra muy por encima del nivel medio habitual de la novelística española de estos últimos tiempos. Sólo la miopía congénita y la falta total de criterio de un amplio sector de nuestra industria editorial podrían explicar que un narrador del talento de Hernández sea hoy un autor casi secreto. Pero también tengo la certeza de que la secta de lectores que le adoramos no hará sino crecer con el tiempo.