El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

martes, 2 de octubre de 2012

El libro caducado

         Por mucho que digan manuales y enciclopedias, hay libros sobrevalorados en exceso (como me ha parecido siempre “El guardián entre el centeno”), y los hay que simplemente envejecen mal, que se caducan por dentro pese a su atractivo envoltorio. Pongamos un caso de esto último: “Tres tristes tigres”, la novela más importante de Guillermo Cabrera Infante. Publicada en 1967 y avalada con el premio Biblioteca Breve de 1964, hay que insertarla correctamente en su época para poder valorar su apuesta de innovación estilística y formal en el momento de tanteo experimental por el que pasaban las letras castellanas. Leída hoy, en cambio, a uno se le cae de las manos. Un artefacto literario de 450 páginas para apenas contar nada, únicamente testimoniar la Cuba de Batista y la jerga dialectal de la isla, haciendo gala en todo momento de una insoportable arrogancia pseudo-intelectual que tira para atrás y lastra constantemente la fluidez narrativa. El visible esfuerzo por resultar siempre ingenioso, los múltiples juegos de palabras hasta el hartazgo, los continuos meandros argumentales y los muchos fragmentos francamente soporíferos hacen de esta novela una lectura empañada, indigesta, pesada como un saco de piedras (aunque éstas sean preciosas). Carece de la grandeza narrativa de un Sábato, por ejemplo, de un García Márquez o un Donoso, e incluso de un Carpentier (cuyo estilo barroco Cabrera Infante satiriza en la novela). Es una obra básicamente lexicográfica, con pocos momentos para el vuelo de la imaginación, de una incontinencia verbal que al final acaba matando el interés del lector.
        De la ola experimentalista de finales de los 60 apenas nada ha quedado en nuestra lengua. Tuvo que aparecer en escena Eduardo Mendoza con “La verdad sobre el caso Savolta” (1975) para reivindicar de nuevo el viejo placer de contar una historia y contarla bien, de forma amena pero sin dejar de lado una clara y brillante voluntad artística. Después de todo, la literatura consiste en contar, en inventar, en recrear. En la novela más conocida de Cabrera Infante hay mucho ingenio y pocas nueces. O por decirlo usando un título posterior suyo, es “puro humo”.