El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Kafka tiene los ojos tristes


Kafka a los 27 años
            Como la mayor parte de la gente, lo primero que leí de Kafka fue “La metamorfosis”, hará unos veintitantos años. Tras el boinder de casa, el otoño isleño comenzaba a teñir los campos con el óxido caduco de la estación. Recuerdo aquellas tardes lentas, palpitantes de relojes, ansiosas de primeras lluvias, que un amor imposible había contribuido a llenar de una vaga melancolía. Pero el libro que me descubrió realmente a Kafka aquel otoño juvenil fue “Frank Kafka. Imágenes de su vida” de Klaus Wagenbach, uno de los mayores expertos mundiales en la obra del autor de Praga. La edición, una verdadera joya bibliográfica, la había sacado Círculo de Lectores en 1988 y más que una biografía al uso se trataba de una magnífica obra iconográfica, un gran álbum familiar y personal con más de 500 fotos de época, no sólo de Kafka sino también de sus amigos, de las personas que lo trataron, de las mujeres que amó, de los lugares que visitó, de los senderos que frecuentó o las veredas de ríos en cuyas orillas se sentó, de las casas en que vivió y los edificios en que trabajó, de sus manuscritos y ediciones, de la vida cotidiana -industrial y rural- de la Praga de su tiempo. El recorrido (personal, social e histórico) era tan espectacular que en sus páginas no faltaba el más mínimo detalle referente al autor o a su entorno. Y era de tal modo así que al acabar el libro uno tenía la rara sensación de haber conocido en persona al propio Kafka, de haber vivido por unos días junto a él y los suyos logrando descodificar muchos de los secretos de su obra, y de haber emprendido al mismo tiempo un fantástico viaje a través de los frondosos bosques, los largos puentes y las serpenteantes calles del viejo Reino de Bohemia.
            En realidad, como todos los autores complejos, Kafka únicamente ambicionaba una vida normal, pero su incapacidad para lograrlo y la aparición de la tuberculosis a los 34 años malograron ese deseo. El escritor no pudo ni supo llevar a cabo cuanto se esperaba de él, todo un Doctor en Derecho, único varón de una acomodada familia de comerciantes judíos. Las aspiraciones sociales de los Kafka toparon con aquel hijo extraño que se empeñaba en escribir y a quien el padre tildaba frecuentemente como el tonto de la familia. Esto produjo en su espíritu frágil una frustración palpable en todas sus obras. El final casi feliz de “La metamorfosis” es muy significativo a este respecto, cuando la familia de Gregorio Samsa, apenas triste por la muerte de éste, pone todas sus esperanzas en la hija. En realidad Kafka no hacía sino retratarse a sí mismo. De igual manera ocurrió en su vida sentimental. El autor estuvo prometido varias veces con la misma mujer, pero en el fondo sabía que la enfermedad hacía imposible la tentativa matrimonial y rompía una y otra vez el compromiso mientras sus tres hermanas se iban casando. Por tanto, todo en la vida de Kafka (y de un modo especial en su obra) es una lucha contra el engranaje hostil en que el ser humano se ve atrapado, aunque otros han pretendido ver también una terrible anticipación de la locura nazi (después de todo, sus tres hermanas fueron asesinadas en Auschwitz años después de su muerte). 
            En una carta a su eterna prometida, Felice Bauer, Frank Kafka se refiere a sus propios ojos como los de un demente, aunque se justifica aludiendo al deslumbramiento del fogonazo de magnesio. En muchas de esas fotografías sepia es frecuente ver a Kafka sonriendo, dueño de una peculiar ironía que se asoma constantemente en sus obras, aunque sus ojos destilen la tristeza del enfermo y del incomprendido. Él fue las dos cosas, no sé en qué orden, aunque eso es lo de menos. Como su contemporáneo Pessoa, llevó una vida irrelevante de oficinista y fue un escritor poco menos que secreto aunque, a diferencia del poeta luso, Kafka publicó algunos libros y, contrariamente a lo que algunos creen, fue una persona bastante sociable. No obstante no logró nunca que el muro de libros del que hablaba Canetti se transformara en puente hacia los otros. Pronto advirtió que, en realidad, nadie le comprendía. Y eso incluía a su familia y a su novia Felice, mujer sencilla y convencional, deseosa de matrimonio e hijos. Ni tan siquiera su más íntimo amigo, el también escritor Max Brod (que durante años fue la referencia más directa para indagar en el mundo kafkiano), logró penetrar completamente en el complejo andamiaje psicológico del autor de La condena.
            Según algunos de los más reputados estudiosos de Kafka, sólo hubo en su vida una persona que consiguió entender de una manera íntima y plena los mil recovecos oscuros del alma atormentada del escritor: su traductora al checo, Milena Jesenská.
            Milena vivía en Viena y era una mujer fascinante, inteligente y avanzada a su tiempo, de la que Kafka quedó prendado al instante. De entrada resultaba un amor imposible, puesto que Milena no era judía y estaba casada. Aún así su affaire, con algunos breves encuentros furtivos, duró unos dos años y generó una de las obras epistolares más bellas de la historia de la literatura, las inolvidables “Cartas a Milena”, que leí también por esa época.                      
            En mi opinión hubo una segunda persona que logró entender muy bien a Kafka y de la que, en cambio, se ha hablado y escrito muy poco. Se trata de la última compañera sentimental del escritor, Dora Diamant, la mujer que estuvo a su lado, cuidándolo, en las postrimerías de su vida. Durante muchos años apenas se supo nada de ella. Circe publicó no hace mucho una biografía sobre Dora que esclarecía en parte el misterio de su silencio.
            Respecto a su prosa, no puede decirse que Kafka fuera un estilista. Su estilo es generalmente embarullado, y en ocasiones abrupto. Tampoco era un escritor de gran facilidad. Una y otra vez, como atestiguan sus cartas, abandonaba el manuscrito en que trabajaba y volvía a él más tarde, lleno de dudas y prejuicios. A Kafka, en realidad, la forma no le importaba demasiado, puesto que para él lo esencial era el contenido. Este podía rondarle en la cabeza meses o años, hasta hacerse obsesivo. Escribía en cuadernos escolares, que llenaba de notas y dibujos, generalmente de noche.
            Kafka fue en vida un autor sin éxito. Muchas de sus primeras ediciones, siempre de tirada reducida, tardaron años en agotarse. Del deseo de que a su muerte destruyeran todos sus manuscritos (algo que Brod, su albacea, no cumplió, salvando así obras imprescindibles como “El Proceso”, “América” o “El castillo”) nació el mito del desinterés de Kafka por publicar sus obras. Existen pruebas de que no fue realmente así, aunque su caprichosa leyenda quiso hacernos creer lo contrario.
            En cuanto a aquel lejano otoño de desamores, acabó pasando igual que un sarampión molesto. Se quedaron los libros, aquellos en los que hoy vamos leyendo nuestra propia vida, y desde entonces Kafka ha vivido conmigo, entre la corte de fantasmas que puebla mi biblioteca. Allí, desde el balcón suicida de las fotografías, sus ojos me siguen mirando. Pero he dejado de preguntarme ya por su tristeza, porque hoy sé bien que se trata de la añeja y dulce pena de quien hizo del absurdo su poética y su fe, logrando descifrar el código mismo de la existencia.        

sábado, 27 de octubre de 2012

La soledad del esbirro

"La Deuda" Felipe Hernández
Sloper, 2012, 299 pág.
         Felipe Hernández, afincado en Mallorca desde hace años, es uno de los más extraños casos de honestidad literaria de las letras recientes. A fines de los ochenta inició una sólida carrera como escritor, avalada por diversos premios y fervorosas palabras de la crítica, pero tras cinco novelas (la última aparecida en 2002) el autor se sumió en un largo y voluntario silencio creativo motivado por una crisis personal y por la asumida concienciación de que no todo es válido para ponerse a escribir, una aptitud de la que podrían aprender algunos incontinentes de la letra impresa que llevan años repitiéndose como el ajo. Dedicado a su faceta paralela de músico, finalmente, y con el nombre de Philip Meridian, reapareció en 2011 con el poemario “Un corazón de noche” (Sloper), su primera incursión poética desde 1981. La misma editorial Sloper ha aprovechado para reeditar ahora una de sus mejores novelas, “La Deuda” (publicada originariamente en Planeta en 1998), y cuyo título no deja de ser irónico en el actual panorama económico en que se ve sumido ahora el país.
            De entrada debemos hacer una afirmación rotunda: “La Deuda” es una extraordinaria novela. Cuando uno dedica parte de sus esfuerzos a reseñar libros, toparse con una obra de tales características entre tantos mamotretos prescindibles le llena de gozo, ese mismo gozo que nos embargó como lectores en los tiempos ya lejanos (ay) de los descubrimientos.
            La trama se inicia como un argumento de novela negra: Andrés Vigil, un hombre pusilánime que pierde su trabajo, contrae una deuda con un prestamista para comprarse un violoncelo, instrumento que acabará siendo el símbolo mismo de la frustración. Pero cuando Vigil acude a la oficina del usurero se topa con una sorpresa inesperada, puesto que un extraño personaje llamado Alejandro Godoy no sólo cancelará su deuda pendiente sino que se convertirá desde entonces en un acreedor mucho más terrible e implacable. De este modo, lenta pero firmemente, la novela va convirtiéndose en un perfecto engranaje psicológico que sobrepasa con mucho los límites normales del género negro para transformarse en una asfixiante parábola sobre el poder y el despotismo, la locura y la falta de voluntad, y al tiempo en una aún más terrible visión de los abismos interiores.
            Felipe Hernández posee una sorprendente capacidad para penetrar en los recodos más oscuros del alma humana, con una precisión casi forense que nos deja sin aliento y nos tatúa a fuego el miedo más elemental. La demencia a la que sucumbe la mente privilegiada de Godoy, y la incapacidad de Vigil para dirigir su propio destino, conforman una tensión narrativa de tintes kafkianos, de inesperadas consecuencias, que bien podría interpretarse como una brutal alegoría de los totalitarismos y de esa especie de Síndrome de Estocolmo que acaba padeciendo resignadamente la sociedad.
            Catorce años después, “La Deuda” no sólo mantiene intacta su actualidad y su interés sino que se muestra muy por encima del nivel medio habitual de la novelística española de estos últimos tiempos. Sólo la miopía congénita y la falta total de criterio de un amplio sector de nuestra industria editorial podrían explicar que un narrador del talento de Hernández sea hoy un autor casi secreto. Pero también tengo la certeza de que la secta de lectores que le adoramos no hará sino crecer con el tiempo.

martes, 2 de octubre de 2012

El libro caducado

         Por mucho que digan manuales y enciclopedias, hay libros sobrevalorados en exceso (como me ha parecido siempre “El guardián entre el centeno”), y los hay que simplemente envejecen mal, que se caducan por dentro pese a su atractivo envoltorio. Pongamos un caso de esto último: “Tres tristes tigres”, la novela más importante de Guillermo Cabrera Infante. Publicada en 1967 y avalada con el premio Biblioteca Breve de 1964, hay que insertarla correctamente en su época para poder valorar su apuesta de innovación estilística y formal en el momento de tanteo experimental por el que pasaban las letras castellanas. Leída hoy, en cambio, a uno se le cae de las manos. Un artefacto literario de 450 páginas para apenas contar nada, únicamente testimoniar la Cuba de Batista y la jerga dialectal de la isla, haciendo gala en todo momento de una insoportable arrogancia pseudo-intelectual que tira para atrás y lastra constantemente la fluidez narrativa. El visible esfuerzo por resultar siempre ingenioso, los múltiples juegos de palabras hasta el hartazgo, los continuos meandros argumentales y los muchos fragmentos francamente soporíferos hacen de esta novela una lectura empañada, indigesta, pesada como un saco de piedras (aunque éstas sean preciosas). Carece de la grandeza narrativa de un Sábato, por ejemplo, de un García Márquez o un Donoso, e incluso de un Carpentier (cuyo estilo barroco Cabrera Infante satiriza en la novela). Es una obra básicamente lexicográfica, con pocos momentos para el vuelo de la imaginación, de una incontinencia verbal que al final acaba matando el interés del lector.
        De la ola experimentalista de finales de los 60 apenas nada ha quedado en nuestra lengua. Tuvo que aparecer en escena Eduardo Mendoza con “La verdad sobre el caso Savolta” (1975) para reivindicar de nuevo el viejo placer de contar una historia y contarla bien, de forma amena pero sin dejar de lado una clara y brillante voluntad artística. Después de todo, la literatura consiste en contar, en inventar, en recrear. En la novela más conocida de Cabrera Infante hay mucho ingenio y pocas nueces. O por decirlo usando un título posterior suyo, es “puro humo”.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Queridos Monstruos

        Para Poe el monstruo, lo mismo que el miedo, era aquello que no se podía nombrar, de ahí que en el final aparentemente inacabado del Gordon Pym deje en manos del lector la apariencia de éste. Dicho de otra manera, el maestro de Baltimore delegó en sus lectores la tarea de imaginar a un ser tan horrible como indescriptible, casi como para que abarcara todos y cada uno de los miedos ajenos. Poe sabía como nadie que el monstruo, ese estandarte físico del terror más elemental, podía ser cualquier cosa, incluso uno mismo. Lo distinto, lo raro, lo desconocido, son sólo tres de los muchos rostros que puede tomar.
Las mil caras del monstruo
VVAA. Edición y prólogo de Ana Casas
Bracket Cultura, 2012. 162 pág.


        En el lúcido prólogo de la profesora Ana Casas se apunta que el monstruo representa nuestras tendencias perversas y homicidas. En el fondo, lo monstruoso es aquello que no podemos entender o aceptar, aquello que consideramos ajeno a nosotros. Cuando la lógica hace aguas aparece, por supuesto, lo fantástico. De ahí que la imagen del monstruo en literatura esté invariablemente ligada a la fantasía, a lo irreal, como si ello nos protegiera de lo demencial. Pero, en realidad, lo que más nos aterra es la monstruosidad posible, la cotidiana, aquella demasiado cercana a nosotros y que, por tanto, todos podemos albergar. Lo que nos asusta de Frankenstein, por ejemplo, no son sus impulsos homicidas, sino sus pulsiones más humanas.
         El escritor y editor José Luis Espina ha querido iniciar la andadura de la nueva editorial Bracket Cultura (www.bracketcultura.es) con una antología de cuentos donde doce destacados narradores actuales nos muestran las mil caras que puede adoptar el monstruo.
Fernando Iwasaki inicia el volumen con un cuento de humor macabro, al que sigue una carta vampírica de Manuel Moyano. Patricia Esteban Erlés, siempre dada a las atmósferas extrañas, nos habla de una solitaria mujer rodeada de gatos, y David Roas nos introduce en el tema del doble con erotismo y nocturnidad. Más en la sospecha que en el hecho planea el relato de Ángel Olgoso, y en el de Andrés Neuman un sutil pero imparable desorden racional parece afectar a la gente. Félix J. Palma consigue componer uno de los relatos más pavorosos del conjunto al tejer alrededor de una anciana una enorme tela de araña. Santiago Eximeno nos detalla con ironía funeraria los consejos a seguir en caso de defunción, mientras que Juan Jacinto Muñoz Rengel esboza el que quizá sea el cuento más abiertamente fantástico de la antología. Por su parte Pablo Martín Sánchez nos evoca uno de los miedos más cotidianos y no por ello menos cargados de funestos presagios como es la visita al dentista. La compra de un robot de limpieza desemboca en catástrofe de forma inesperada en el cuento de Raúl del Valle y, finalmente, cerrando el libro, Ismael Martínez Biurrun construye una distopía aterradora en un mundo ya apocalíptico.
        Las mil caras del monstruo es, por supuesto, un compendio de maldades, de aberraciones, de anormalidades. Pero quizá lo más terrible de sus páginas sea que funciona también como espejo de nuestra propia monstruosidad humana, pues como dice Louis Vax en Arte y literatura fantásticos y nos recuerda Ana Casas en el prólogo, “…el monstruo está en nosotros”.  

jueves, 2 de agosto de 2012

El jodido oficio de morirse


El asesino hipocondríaco
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Plaza&Janés, 217 pág. 16,90 euros

No eran en absoluto desdeñables las credenciales que Muñoz Rengel (Málaga, 1974) sostenía hasta hace poco. Cuentista y antólogo, contaba con algunos de los premios más prestigiosos del género corto y se había ganado ya un puesto destacado entre los autores de cuento de su generación. Pero el mundo subterráneo del relato, y más en este país que tiene por norma general desdeñarlo, tarde o temprano tenía que quedársele estrecho a un narrador de su fuste que, además, lejos de inútiles categorías, es ante todo escritor. Por eso la aparición de su primera novela se nos antoja un hecho natural y hasta incluso demorado en exceso, tal es el capricho que rige el panorama editorial español, dado a los encasillamientos.
“El asesino hipocondríaco” ha sido saludada en algunos medios como una novela negra, cuando en realidad se trata más bien de una comedia negra, ácida y repleta de sutil humor. De entrada, no cabe mayor despropósito que un asesino profesional aquejado por todos los males imaginarios, incluidos los imposibles, un tipo cuyo oficio es matar pero que se pasa el día intentando no morirse. Lo que en otro autor menos dotado podría quedarse en una mera ocurrencia chistosa, a Rengel le sirve de argamasa para construir el pilar básico que sostiene la novela: la creación de un poderoso, sugestivo, divertidísimo personaje literario, el señor Y. Un personaje, en efecto, que mueve a la compasión y hasta a la ternura, un solitario que se cree tocado por la mala fortuna y que se incluye a sí mismo en una lista de famosos hipocondríacos (Poe, Voltaire, Kant, Proust…), como si sólo estos pudieran ser sus únicos amigos.
¿El señor Y.?
El señor Y, empujado por su resignada moral kantiana, debe cumplir un encargo (que él cree a pies juntillas como el último de su carrera) y, pese a notarse moribundo, se embarca en la proeza de asesinar a un psicólogo llamado Blaisten, un tipo que bien podría ser el reverso de su propio reflejo. Para ello deberá sortear el peor de todos los peligros: su hipocondría galopante. Y de este modo Rengel nos sumerge en una serie de situaciones absurdas y delirantes que recuerdan algunas de las mejores páginas de Mendoza, Covadlo y Orejudo, por citar a unos pocos autores actuales que han sabido utilizar el humor con maestría y exigencia. De este modo el autor vuelve a demostrarnos cómo el humor, usado con inteligencia y justa contención, puede sazonar una obra literaria escrita a la par con escrupulosidad estilística y con seriedad sociológica, poniendo en nuestras manos una novela que se lee de un tirón, que nos hace sonreír y hasta carcajearnos en algún momento, pero que esboza al mismo tiempo un mapa de nuestros miedos y manías más íntimas. Porque en el fondo, y pese a su exagerada personalidad, el señor Y está construido con las piezas de un puzzle en el que no es tan difícil reconocer un retazo propio, una brizna vergonzosa o simplemente vulnerable de uno mismo. Quizá por eso, y por una vez, estamos de parte del asesino, cada página más humano y menos criminal a medida que avanzamos en la lectura.
Muñoz Rengel ha logrado, por tanto, un verdadero antihéroe quijotesco, uno de esos protagonistas del que resulta muy difícil que un autor se desprenda, por lo que cabría preguntarse si quizá el señor Y se asomará de nuevo en alguna página futura. Sea como sea, esta novela no hace sino confirmar la calidad y el talento de Rengel como narrador y nos permite avizorar una trayectoria, la suya, llena de interesantes argumentos, generosa imaginación y buena prosa. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Palma lo ha vuelto a hacer


El Mapa del Cielo
Felix J. Palma
Plaza&Janés, 740 pág.
Llevados por nuestra acendrada moda a incorporar neologismos innecesarios, recientemente se viene llamando “steampunk” a cierto gusto por recuperar el ambiente decimonónico en novelas de carácter  gótico, misterioso y fantástico, muy en la usanza de los viejos clásicos que todos leímos de niños y que, en el fondo, han sido los libros que más han quedado en nuestro imaginario colectivo. Puesto que en España la larga tradición realista apenas permitió que en su momento cuajara esta corriente literaria, la tardía normalización de la fantasía en nuestras letras ha propiciado al fin la aparición de novelas de este género, novelas que incluso han recuperado la técnica folletinesca de la época para narrarnos historias trepidantes, como sería el caso paradigmático de Ruiz Zafón (aunque sus obras estén situadas ya en el siglo XX) o el literariamente más interesante de Sánchez Piñol. De todos ellos Félix J. Palma, cuentista insigne, ha sido el que mejor ha sabido jugar con los diversos géneros decimonónicos, aunando fantasía, terror, misterio, ciencia ficción e incluso romanticismo de chistera y sombrilla al servicio siempre de una imaginación portentosa, casi sobrenatural.
Después del tour a force de su anterior novela, El mapa del tiempo, donde se servía brillantemente de ciertos sonados acontecimientos de la época y de algunos arquetipos reales e imaginarios para subvertir la tradición literaria de un modo sin apenas antecedentes en castellano; cuando creíamos, en fin, que era harto imposible revalidar aquella verbena imaginativa y retrofuturista por la que se paseaban Jack el Destripador, Wells, Stoker, Henry James o el hombre elefante, Palma ha vuelto a hacerlo. Y si entonces fue la máquina del tiempo, esta vez ha utilizado otro clásico leitmotiv de Wells, la invasión de alienígenas en la tierra, para montar una novela de tintes más apocalípticos e igualmente llena de recovecos, ucronías y trampas marca de la casa.
El mapa del cielo, más de 700 páginas de ficción desenfrenada, podría parecer de entrada una vuelta de tuerca al sobado tema de los alienígenas invasores, pero ello sería demasiado fácil para un tipo tan poco común como Palma, que toma este hilo para componer una delirante fantasía cuajada de guiños y homenajes literarios (no sólo a Wells, sino también a Poe, retomando en cierta forma el inacabado final del Gordon Pym en toda la primera parte del libro –en mi opinión, lo más logrado de esta entrega-, amén de un montón de deliberadas complicidades con novelas pulp y pelis de marcianos de los 50 que los aficionados a la serie B seguimos adorando). Monstruos mutantes, grupos de fugitivos, exploradores polares, mundos paralelos, naves extraterrestres, colonias marcianas, historias de amor o personajes regresados de la muerte, todo es poco para la febril cabeza de Félix J. Palma, probablemente el fabulador más poderoso de nuestras letras actuales, capaz de rizar el rizo para invocar no sólo nuestros miedos más infantiles y secretos, sino también para defender el noble derecho de soñar.
         Libro atemporal, apto para jóvenes y adultos, El Mapa del Cielo es la lectura más edificante para llevarse estas vacaciones y olvidarse por unas horas de la gris realidad que nos está azotando. Es sólo un truco, pero qué gran truco. 

martes, 3 de julio de 2012

Días de lectura en los mares del sur

            Cuando cada año aparecen los índices de lectura de los españoles para arrojar como un insulto cifras pesimistas, me da por pensar que el problema radica en que mucha gente jamás navegó por los lejanos mares del sur, por el Mar del Coral o el de la China Meridional, embarrancando en Samoa o en Tasmania; nunca se enamoraron de la rubia princesa de isla de Thule ni lucharon junto a los bravos piratas de Malasia. Algunos tuvimos otra suerte. Los niños de mi generación pudimos conocer todas esas tierras incógnitas o remotas, fantasear con mil aventuras en unos parajes que no sabíamos ni dónde estaban, salvo en las páginas de aquellos tebeos ilustrados (300 ilustraciones a todo color, rezaba en la portada) que por el módico precio de 35 pesetas la antigua Bruguera publicó durante años con el nombre de “Joyas Literarias Juveniles”. Verne, Stevenson, Defoe, Capitán Marryat, Poe, Twain, Salgari, Dickens, y con ellos hasta más de cien títulos imperecederos de la letras universales, especialmente del género de aventuras. Literatura traducida a imágenes, atlas multicolor de un universo mágico y lleno de historias, la primera piedra fundamental hacia el mundo del lector adulto que luego algunos fuimos.
            Pese a lo que se dice, estoy convencido de que no faltan lectores. Lo que falta son tebeos, aquellos tebeos de hace 40 años que luego acababan transformándose en libros. En algunos de esos libros se combinaba inteligentemente el texto y la viñeta, de modo que podían leerse de las dos maneras evitando que el cambio a un formato más largo resultara drástico. Recuerdo perfectamente el primer libro que leí en mi vida, en ese estilo: El Corsario Rojo de Fenimore Cooper. Luego, La Flecha Negra, de Stevenson y Las Aventuras de Tom Sawyer de Twain. Eran libros pero al mismo tiempo eran tebeos. También fui, como tantos entonces, un frecuentador del tebeo patrio: El Capitán Trueno, El Jabato, El Corsario de Hierro. Sólo más tarde vinieron Astérix, o Tintín.

            A los 6 años me vi obligado que guardar cama durante tres largos meses. Creo que aquellos días determinaron mi futura condición de lector empedernido. Mi lecho se transformó en el buque con el cual llegué a los mares del sur, enfebrecido entre tebeos y supositorios. Una vecina me prestó toda la colección, desde el primer número, de El Capitán Trueno, que sus hijos mayores ya habían leído mil veces. Junto al Capitán y sus amigos recorrí el mundo y no sólo supe de la amistad o la lealtad, sino también de la villanía y las traiciones. El Capitán Trueno era una anacronía feliz en mitad del gris tardofranquismo, azote de malvados y paladín de la bella princesa Ingrid, a la postre rubia y de ojos azules, lo cual era tan poco común entonces que todavía la hacía más lejana, casi tanto como la isla de la que procedía, la misteriosa Thule. Ignoraba entonces, claro, que detrás de aquellas aventuras inolvidables estaba el dibujante Ambrós y el gran escritor catalán Víctor Mora. Quién iba a decirme a mí que muchos años después tendría la suerte de conocer y charlar con Mora, de cuya mente salieron todos aquellos héroes y algunas de las míticas geografías que poblaron nuestra infancia. Cuando me lo presentaron, una barcelonesa tarde de verano, no podía creérmelo. Aquel hombre prematuramente envejecido por la enfermedad y las disputas legales (durante años batalló por recuperar los derechos de sus antiguas creaciones para Bruguera) seguramente jamás había navegado por las islas del Pacífico ni nada parecido. Sin embargo, desde su mesa humilde de trabajo, al amparo de la calderilla que le pagaba la editorial, hizo soñar a varias generaciones, nos evadió hacia rincones recónditos y salvajes del globo y nos hizo más libres que las revoluciones clandestinas en que andó metido en su juventud de militante comunista. Nunca podremos pagárselo bastante.    
            Pero los tiempos y los gustos cambian. Hoy los niños ya no leen tebeos ni buscan en un mapa la localización imposible de la isla de Thule. Se impone el Manga en el mejor de los casos, una tendencia de puro diseño pero de general pobreza argumental. A veces ni eso: unas pantallas virtuales sustituyen aquellos lejanos paraísos, para siempre –ahora sí- perdidos. O casi. Viven en la mente de los que crecimos con ellos y ponen de evidencia el gran vacío existente hoy a la hora de fomentar futuros lectores. No seré yo, pues, quien critique el boom de libros como la serie de Harry Potter. Los prefiero a que ningún niño lea. Pero esa debería ser sólo una de las muchas opciones. Por fortuna el mundo de la literatura está repleto de maravillosos libros que jamás pasarán de moda. Hoy son clásicos, como lo son las “Joyas Literarias Juveniles” o El Capitán Trueno. Ediciones B, consciente de ello, está reeditando las añejas ediciones de Las Joyas y lleva algunos años haciéndolo también con los álbumes de El Capitán, del que en la actualidad se está preparando una película.
             Nunca la nostalgia había sido tan rentable, seguramente. Pero los viejos héroes y las historias de siempre jamás mueren, porque en el fondo nada cambia en la mente soñadora de un niño: la isla desabitada, el náufrago, los indígenas con cara de pocos amigos, la princesa rubia... Y la eterna aventura de la imaginación dispuesta para volver a comenzar.

sábado, 9 de junio de 2012

¿Leer El Quijote hoy?

                Durante la celebración del cuarto centenario de la aparición de la 1º parte de El Quijote (1605), expertos, académicos y profesores afilaron su erudición para dar la edición “definitiva” de la obra cervantina. En este momento pueden hallarse aún varías de ellas, todas discutiéndose el honor de ser la de referencia, la “única”. Pero, claro está, El Quijote es una de esas pocas obras maestras que se extienden más allá del estricto cerco de un público iniciado y docto. No debería olvidarse que en su tiempo el libro fue lo que hoy, salvando las distancias, llamaríamos un superventas, una obra para la medianía letrada. Es bien sabido que tuvo incluso un plagio, la edición apócrifa de 1614 debida a Fernández de Avellaneda, un autor misterioso probablemente cercano al círculo de Lope de Vega.  No obstante, El Quijote posee tal cantidad de matices, dobles sentidos y niveles distintos de lectura que sería un insulto quedarse con su mera imagen de libro popular.
 La pregunta que se hace mucha gente, intimidada ante un libro elevado a los altares de la literatura universal, es ¿qué tiene El Quijote?. Y más aún: ¿leer El Quijote hoy?.
Para comprender en toda su amplia dimensión un libro como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha primero deberíamos poder entender la época de Cervantes, un autor maldito en toda regla, en quien se cebó la mala fortuna; la antítesis, en fin, del triunfador hoy tan en boga. Y deberíamos, por tanto, ver en Alonso Quijano al antihéroe, algo de entrada inusual en las letras del siglo XVI del que era hijo Miguel de Cervantes. Para empezar se nos suele escapar un hecho nada baladí: que Don Quijote, por encima de todo, es un lector, un hombre que lee y que enferma entre libros, confundiendo la realidad con la ficción. Un loco, dirían muchos, y más aún hoy donde la mayor parte de la gente de a pie jamás coge un libro (como no sea la guía telefónica) y vive su tiempo ocioso anestesiada ante programas de TV que rozan la vergüenza ajena y ensalzan la cutrez y miseria humanas. En cambio para los que sí tienen el hábito de la lectura, Don Quijote es un soñador, un ser capaz de elevarse por encima de la mediocridad cotidiana. Esto, en un mundo carente de imaginación autónoma, hace que el personaje obtenga una notoria actualidad y al mismo tiempo nos dicta una idea de partida para poder entender la voluntad de la obra de Cervantes, que no es otra que la de ofrecer una recreación de la realidad. A este respecto dice J.A. Masoliver Ródenas en Voces contemporáneas que “hay  [en El Quijote] una estrecha relación entre la realidad exterior y la realidad interior. La exterior (prostitutas, ventas, molinos, bacía) es transformada en realidad interior (princesas, castillos, gigantes, yelmos). No hay invención sino metamorfosis”. O sea, recreación. Una recreación de la realidad que ennoblece “cómica y dramáticamente a su protagonista y que convierte un espacio anodino en privilegiado”.

Esto, desde un punto de vista humanista y literario, es sencillamente sensacional y ya sería suficiente motivo para encararse con su lectura. Pero volviendo al texto cervantino, los paralelismos con el presente no dejan de ser curiosos. Don Quijote es, al inicio, un hidalgo manchego, cincuentón, pobre, y con una existencia abúlica, aburrida. Su particular manera de escapar de esa realidad es leyendo libros de caballerías, y enferma con ellos. Pero su enfermedad no es una burda evasión de la realidad sino una alteración de la misma. Don Quijote es como un maestrillo de escuela que se dedicara, infructuosamente por desgracia, a corregir las múltiples faltas ortográficas que presenta esa realidad aceptada como buena. Igual que la escritura, la lectura “corrige” en él la realidad, la transforma en otra cosa. Resulta curioso observar hoy cuántas personas intentan escapar (sin saberlo) de una existencia gris a través de las naderías insustanciales de un grupo de energúmenos encerrados en una casa llena de cámaras, o en una isla, o bien viviendo como propias la boda del príncipe tal, las andanzas de cama del torero cual, las pataletas de la lolailo tal cual. Lo que en Don Quijote es construcción de un mundo, que lleva  como divisas el honor, la justicia y la lealtad, en algunos hoy día no es ya una transformación ideal sino la patética radiografía de una sociedad idiotizada, es decir, también enferma aunque de otro modo. Efectivamente el espíritu quijotesco es otra cosa, por fortuna. ¿De verdad creen algunos idealistas irredentos estar tan lejos de él? ¿Acaso no les siguen llamando locos? ¡Bendita locura!
Quizá por eso, entre tantas cosas, puede aún hoy aprenderse tanto de El Quijote. Bien es verdad que Cervantes expresó que su única intención, harto modesta, era hacer una sátira sobre los libros de caballería (que es decir del feudalismo medieval aún imperante en muchas facetas de la vida española de su época).  En cambio, le salió mucho más que eso: el tratado psicológico de un pueblo a través de unos personajes inolvidables. Sancho Panza, por ejemplo, es un contrapunto de Don Quijote que representa la juiciosa sabiduría popular. No sólo nivela la obra sino que, poco a poco, se va quijotizando, transformándose también y creciendo como lo hace el nacido siglo XVII.
Desde un punto de vista estrictamente literario, El Quijote es una obra nueva, narrada de forma muy original (presentada como pura ficción, para lo cual reniega de la tercera o primera persona apuntándose que la historia procede de los archivos de la Mancha y de la traducción de un escrito árabe). Desde el principio Cervantes deja claro que se trata de literatura, de pura novela. Ni crónica (como la novela histórica), ni evocación (como la novela pastoril o picaresca); en El Quijote todo va desarrollándose ante el lector.
 Se ha discutido mucho acerca de la falta de argumento de la obra. No es posible entrar aquí en tan ardua materia. Existen para ello rigurosos estudios y trabajos de especialistas en el tema, a los cuales nos remitimos. No obstante parece evidente que una obra magna como la que nos ocupa difícilmente puede ceñirse a una única y lógica consecución o fin. El Quijote constituye un todo, un universo autónomo, tan rico como caudaloso. La vuelta a la realidad del personaje, la recuperación del juicio, supone la muerte de Don Quijote, es decir, la muerte de la imaginación. Una muerte, como no podía ser de otra forma, sólo aparente. Permanece su esencia, humana y contradictoria como todos nosotros. Como la vida.

martes, 15 de mayo de 2012

A García Pavón en su tierra

     Hace años, en la entrada de Cala en Porter, en Menorca, alguien había puesto un cartel indicativo que señalaba por dónde caía Tomelloso, la patria chica del escritor Francisco García Pavón. La primera vez que oí hablar de este autor y de Tomelloso fue siendo aún niño, en uno de esos maravillosos libros de lectura que se empleaban en los colegios. En realidad aquel libro de lectura para quinto curso de EGB lo sustraje del almacén de libros retirados que había en La Salle de Mahón. Tenía como título un verso de León Felipe, “Como tú...”, y estaba compilado por un profesor de lengua llamado Arturo Medina. La edición era de 1974 y resultaba ser una pequeña joya. Aquel librito contenía no sólo fragmentos de autores esenciales, sino también de muchos completamente olvidados hoy. Gracias a él supe por vez primera de escritores que años después, en un ejercicio de placentera arqueología, redescubrí y leí con fruición, escritores que dudo que nadie lea en la actualidad, por desgracia. Entre ellos había cuentos de Luis Jiménez Martos, Eduardo Zamacois, Jesús López Pacheco, José Antonio Muñoz Rojas, Medardo Fraile, Carlos Murciano, Lauro Olmo, César González Ruano o el propio Francisco García Pavón. A veces digo, y creo que no exagero, que me hice escritor leyendo y aprendiendo de estos autores y que quizá de entonces me venga la afición por los escritores de cuentos, siempre tan subterráneos e infravalorados.
            En aquella guía de futuras lecturas que fue para mí “Como tú...” aparecía un cuento de Pavón sobre un niño que bajaba a la calle con un balón nuevo de trinca. Al final de los textos había unas breves líneas sobre sus autores. En la de éste informaba que había nacido en 1919 en Tomelloso, en plena Mancha, y que era el padre de Plinio, un detective a la española. Tuvieron que pasar algunos años más hasta el momento de toparme por casualidad con un libro titulado “Historias de Plinio”, una edición de 1972 de Plaza&Janés que contenía dos novelas cortas protagonizadas por este personaje del que yo entonces no sabía nada, excepto que era el ficticio jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso.

            La imaginación de García Pavón no era poca, pues imaginar crímenes en un lugar idílico como Tomelloso es arriesgado. El término municipal, no obstante, engaña. Se halla en el corazón mismo de las tierras del Quijote, a unos 600 metros sobre el nivel del mar y al pie de la sierra de Montiel, pero se trata de una de esas poblaciones rurales perfectamente aclimatadas a la actualidad dentro de su disfraz provinciano de clepsidra varada. Baste decir que Tomelloso cuenta con más de 35.000 habitantes. En ese rincón del mundo, rodeado de campos y molinos somnolientos, inauguró García Pavón la novela policíaca española. En nuestro país nunca existió una tradición de novela criminal autóctona. El propio Pavón confesaba que siempre quiso escribir un tipo de novela policíaca muy española sin dejar de lado la calidad literaria, y para ello se sirvió de su propio pueblo levítico y del recuerdo de un jefe de la Guardia Municipal que había cuando él era niño. De esta forma nació Manuel González, alias Plinio, quien ayudado por su fiel amigo Don Lotario, el veterinario, protagonizó 8 libros y gozó en los primeros setenta de gran popularidad entre los lectores (hasta el punto de llevarse a la TV y obtener Pavón el premio Nadal y el Nacional de la Crítica con dos de los mejores títulos de la saga). El estilo de Pavón, una mezcla bien dosificada de realismo castellano e intriga, lirismo y fino humor, era muy personal. En pleno auge de vanguardismos narrativos, típicos del tardofranquismo en reacción a la novela realista, Pavón supo conjugar la mirada social-rural de Delibes con el ritmo propio de la novela de detectives sin dejar por ello de resultar algo muy español. En el fondo, Plinio no es un investigador a lo anglosajón, sino un modesto empleado municipal, un hombre observador e intuitivo cuyo mérito reside en conocer bien a sus convecinos. Representante de la quintaesencia del español medio de su tiempo, Plinio es un héroe en alpargatas, ni un superdotado ni un lumbreras. Fue el digno antecesor del Carvalho de Montalbán, del inspector Méndez de González Ledesma, de la pareja de picoletos de Lorenzo Silva o de la Petra Delicado de Giménez Barlett, por citar algunos de los más conocidos. Pero, ante todo, era buena literatura, hoy injustamente olvidada. O casi. Destino ha publicado recientemente un tomo con todas las entregas de Plinio juntas. Un homenaje merecido. Y Pavón cuenta con un premio de novela de cierto prestigio que lleva su nombre. Quizá, más que de obra olvidada, convendría mejor hablar de desconocida. La moda de la novela negra actual hace palidecer cualquiera de las aventuras de Plinio, pero notamos a faltar la calidad de una pluma como la de García Pavón, para el que el caso criminal no es más que una línea de la que se ramifican historias secundarias y apuntes sociológicos que son el retrato mismo de una tierra y de unas gentes.
Fco. García Pavón

            Cuando encontré aquel lejano verano del 83 u 84 el tomito “Historias de Plinio” en un kiosco callejero, recordé enseguida los escasos datos que tenía a través del libro de lecturas “Como tú...”. Aquel tomo lo componían las historias “El Carnaval” y “El charco de sangre”. Mi andanza como lector de rarezas apenas comenzaba. Algún tiempo después me regalaron otra novela de Pavón –no del ciclo de Plinio, aunque éste aparecía brevemente- llamada “Los liberales”. En todas sus obras Tomelloso era el gran protagonista, el universo natural del autor. Con los años cayeron en mis manos otras novelas de Plinio, pescadas en librerías de viejo. Pero a Pavón aún le debo otro placer, su excelente e imprescindible Antología del Cuento Español Contemporáneo, la más completa de cuantas conozco y en cuyas profusas páginas se recogían los más grandes cuentistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, gran parte de ellos incomprensiblemente olvidados hoy. Rarología literaria cien por cien, en definitiva.
            Plinio estaba ligado a la tierra, a sus eternos campos de hidalgos locos y dulcineas soñadas, y en aquel descubrimiento primerizo y feliz de sus páginas mis manos olían también a tierra, la tierra tan distinta y tan cercana del huerto de mi padre, donde aquel verano iba a cavar, a trazar surcos de los que brotarían el fruto y el tubérculo, a sembrar la terca añoranza que hoy rebrota en mí cuando sólo piso asfalto.            
Francisco García Pavón, enfermo, dejó de escribir en 1983, casualmente por las fechas en que yo descubría su obra. Cuando falleció en 1989 publiqué en el diario “Menorca” un artículo laudatorio que apenas recuerdo. 23 años ya, como quien dice. Pero la vida ha continuado y allá, en el viejo Tomelloso que Pavón nos hizo imaginar, los jubilados del lugar aprenden a bailar country en el Casino los sábados por la noche. Fumando impasible en algún rincón oscuro, el fantasma de Plinio vela por todos ellos. Por todos nosotros.    

sábado, 21 de abril de 2012

Psicoanálisis literario para raros

El cuerpo en que nací
Guadalupe Nettel
                   Anagrama, 2011. 196 pág
En su cuento “Ptósis”, la escritora mexicana Guadalupe Nettel contaba la historia de un solitario fotógrafo que se enamoraba de una hermosa muchacha con un ligero defecto en su párpado izquierdo, hasta el punto de cifrar en ello su peculiar encanto. Porque, en efecto, Nettel ha hecho de la diferencia, e incluso de la imperfección, uno de los motivos esenciales de su obra. Ella misma sufre desde que nació un problema ocular en el ojo derecho, una mancha que vela su visión y que aún hoy le reporta una mirada descompensada pero sugestiva, llena de extraño encanto. Esta especie de mácula física es el hilo del que tira Nettel para componer una especie de memorias de infancia y primera juventud, en el estilo de lo que viene llamándose pseudo-novela, muy en la línea de otros libros recientes como “Tiempo de vida” de Giralt Torrente o “Paseos con mi madre” de Pérez Andújar.
“El cuerpo en que nací”, como su título indica, hace referencia a un poema de Allen Ginsberg, y desde el principio supone un ejercicio de aceptación personal en modo psicoanalítico (de hecho la mujer protagonista está contando su vida desde un diván). La autora, afincada en Barcelona, narra sin demasiados pudores y con grácil sinceridad su vida en el seno de una peculiar familia que cree en las relaciones abiertas, que apuesta por la educación de sus hijos en las escuelas activas y que aboga por la libertad sexual, el nomadismo y la integración racial. Marcado todo ello por el fino humor que impregna la mirada infantil de esa niña “distinta”, dada a la lectura y a la ensoñación, vamos asistiendo a la desmembración familiar, a la ausencia del padre encarcelado, a la afición de la madre por las comunas hippies, al exilio francés en un barrio de emigrantes de todos los colores, a los veranos en Ciudad de México junto a una abuela intransigente y llena de raras manías, y a las primeras amistades de la narradora, amigos siempre marginales o decididamente diferentes a los que etiqueta como “los trilobites”, y en cuyo grupo ella misma, de forma consciente, se incluye. Porque, como hemos dicho al inicio, Nettel hace de la diferencia, de la supuesta anormalidad, un estandarte para lograr entenderse no sólo a sí misma, sino también a los demás.
En otros libros de la autora asomaban ya personajes que arrastraban ciertas “irregularidades” físicas o psíquicas (no sabemos hasta que punto podemos hablar de “deficiencias”), hombre y mujeres al filo de la extrañeza y la marginalidad, aunque en realidad no sea lo meramente físico lo que los distingue a posteriori. En el fondo, y si atendemos a la sabiduría popular, todos a nuestro modo somos raros o peculiares. La misma normalidad es rara, a veces hasta monstruosa. Siempre he dicho que hay que desconfiar de la gente supuestamente perfecta, si es que existe esa raza, ya de entrada bastante deleznable. En este libro es la propia Nettel la que se pone ante el espejo, ese oráculo plagiador que nunca miente, y no sólo no tiene piedad consigo misma, sino que lo sabe hacer con humor. Ignoro cómo se habrá tomado su familia este libro (la madre anticipa en sus páginas un lacónico “seguro que hablas mal de mí”), pero la verdad es que no deja de ser una saludable cura de humildad, de honestidad y de autoafirmación esencial.
La solvencia literaria de Guadalupe Nettel está fuera de toda duda y nos demuestra otra vez más la notable narradora que hay en ella, una narradora excéntrica y llena de sutiles intuiciones. “El cuerpo en que nací” es la mejor manera de sumergirse por primera vez en el peculiar universo narrativo de esta autora con vocación de rara.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Un hombre que se parecía a Cunqueiro


Un hombre a una máquina de escribir pegado

            Cuando alguna vez me han preguntado qué autor español del siglo XX considero infravalorado o injustamente olvidado, mi respuesta se ha alargado a un número significativo de nombres. En efecto, son muchos los escritores que hoy merecerían seguir siendo leídos porque no han perdido ni su frescura ni su interés, ingredientes básicos de cualquier buena literatura que se precie. De otros, por canónicos que sean, no puede decirse lo mismo y han envejecido mal, a la sombra de la lectura obligada de la enseñanza secundaria.
            De entre todos aquellos nombres, que hoy duermen en anaqueles de polvo, siempre incluyo a Álvaro Cunqueiro, sin duda el escritor gallego más personal y brillante del pasado siglo, aunque jamás alcanzara las bodas tardías de Torrente Ballester  ni, por descontado, el éxito de Cela.
            Cunqueiro era de Mondoñedo, al norte de Lugo, y este Mondoñedo con catedral propia y no más de cuatro mil habitantes será siempre el paisaje interior del autor, consagrado al periodismo y a la literatura como oficio, un oficio –dicho sea de paso- prácticamente perdido salvo que te den el Planeta o seas Ruiz Zafón. Cunqueiro era un escritor total, sin medias tintas, capaz de rellenar el sólo medio periódico y escribir en gallego y castellano. Lo mismo se le daba la poesía, la novela, el teatro, el artículo o el libro misceláneo (gastronomía, leyendas, etc). Su obra no sólo es vasta, sino que en ella logró algo muy difícil de conseguir: mantener la calidad literaria siempre alta. Pese a ello, la revoltosa fama se le resistió de forma permanente.
            Cunqueiro era un hombre de amplios saberes, de una fantasía desbordada y torrencial, capaz de subvertir los clásicos (La Odisea, Las aventuras de Simbad, Hamlet…) para poner en sus libros su acendrada vena galaica y su peculiar estilo barroco, cargado, descomunal y lleno de humor. Fabulador portentoso, toda su obra está construida sobre el pavimento lustroso de la imaginación, donde personajes históricos se dan la mano con aparecidos, con seres fantásticos o con otros más legendarios que probables. Por todo ello, en pleno erial del realismo social español de posguerra, Cunqueiro fue el primero en aislarse desde el principio de esa corriente, sellando su condición de autor marginal, raro, único. Se adelantó al menos dos décadas al advenimiento del “realismo mágico” hispanoamericano, y en su línea iconoclasta quizá sólo podría citarse la obra (en mi opinión, de inferior calidad) de Juan Perucho.
            Como tantos jóvenes de entonces, Cunqueiro flirteó con la Falange, llegando a escribir algunos panfletos entusiastas, pero como su paisano Torrente Ballester, pronto se desencantó. En realidad, se sabe hoy que nunca tramitó el carnet del partido y que se arrimó a él por prudencia, en mitad de la confusión del alzamiento y aconsejado por un cura amigo. Más tarde, viviendo en Madrid y trabajando para ABC, tuvo problemas con el régimen, que le retiró el carnet de periodista, su único sustento. Desde entonces, rompiendo con el franquismo, Cunqueiro decidió volver a su mundo, Mondoñedo, encerrarse en la provincia y pasar lo más desapercibido posible, sobreviviendo de sus múltiples colaboraciones clandestinas en la prensa gallega. Este autismo social y político se reflejará también en todos sus libros, siempre anclados en la intemporalidad y el anacronismo histórico, lejos del devenir de su tiempo y de los problemas reales, pero no ajenos a las veleidades y a las pasiones humanas.
Estatua de Cunqueiro frente a la catedral de Mondoñedo

            En su obra existe una clara voluntad evasiva, por tanto, que entronca de una forma particular con las leyendas artúricas y los mitos celtas, no en vano sentía Cunqueiro fascinación por la Bretaña francesa, fantasmal, neblinosa, encrespada, tan parecida a su tierra natal. Esta comparación no es baladí si tenemos en cuenta que gran parte de la etnología moderna sitúa Galicia entre los 7 territorios celtas. De esa querencia a Bretaña nacen tres libros esenciales: Crónicas del Sochantre, El Caballero, la Muerte y el Diablo, y Merlín y familia.
            El primer libro que leí de Cunqueiro fue precisamente Crónicas del Sochantre, una deliciosa obrita breve que pasó inadvertida en su momento, pese a obtener el Premio Nacional de la Crítica de 1959. En ella una serie de disparatados fenecidos se llevan con ellos a un pobre sochantre (componente del coro en los oficios divinos) para que les amenice con su bombardino su vagar fantasmagórico en mitad del vendaval de la Revolución Francesa. Mientras, las ajusticiadas estantiguas van contando sus vidas en una sucesión de estampas llenas de humor e ironía, donde brilla no sólo el ingenio del autor sino el esmalte de una prosa de pura orfebrería. Como en muchos de sus libros, los capítulos que estructuran la novela funcionan con cierta autonomía, como si Cunqueiro realmente escribiera cuentos enlazados entre sí.
            Cunqueiro escribía en las dos lenguas, y en las dos era un maestro, pero en España fue durante mucho tiempo un autor “provincial”, con todas las negativas consecuencias que eso supone. Ni tan sólo la obtención del premio Nadal en 1968 por “Un hombre que se parecía a Orestes”, una recreación totalmente descacharrante del mito clásico del asesinato de Agamenón, logró darle completamente la fama que merecía. La literatura española estaba sumergida por entonces en otras aguas, en otros intereses, y la naciente fase experimental de la narrativa contribuía a darle al gallego una pátina como de autor pasado.
            Pero la fantasía es lo menos caduco del mundo de la literatura. Nada ha envejecido tan bien como los cuentos de Poe o Stevenson, como las aventuras ya no tan utópicas de Verne o Wells, como los relatos de London, Conrad o Conan Doyle. A su modo, Cunqueiro construyó también un universo literario propio, inimitable, cargado de referencias cultas e imaginación a espuertas, en la que revisó toda la historia occidental partiendo de las leyendas clásicas y medievales y llevándolas a su terreno. En cualquier otro país sería venerado. Pero ni tan siquiera la actual pujanza de la literatura fantástica ha conseguido que sus libros se lean. De hecho, el pasado año se celebró el centenario de su nacimiento, y salvo algunos voluntariosos actos en su Galicia natal y ciertas reivindicaciones puntuales por parte de algunos autores, a nivel institucional la efeméride pasó sin pena ni gloria. El hombre bonachón, sencillo y condescendiente con los agravios de los demás, el hombre del que el mismísimo García Márquez dijo que deberían haberle dado el Nobel antes que a muchos, el maestro indiscutible de la literatura fantástica castellana del siglo XX, continúa su lento viaje en silencio, quizá camino de las islas de Simbad, allí donde los héroes no envejecen ni mueren nunca.      

viernes, 2 de marzo de 2012

El poeta de más aire

            Tenía aspecto de arcángel de huerta, ojos verde oliva y tez de pan de hogaza recién salido de la tahona del pueblo. Sus alas eran la poesía, ansia de pastor por volar sobre las sementeras y hacerse verso. Nunca salió del más hondo germinal de la tierra una voz tan pura, honesta y brillante como la suya, un prodigio de intuición lírica como pocas veces se ha dado en la historia de la literatura. Risueño y jovial, de alma ingenua y soñadora, Miguel Hernández estaba condenado a quedarse en los campos de Orihuela, pero su genio y la testaruda creencia en su valía lo llevaron al martirio y al mito. Cualquier otro, frente a tantos impedimentos y falsas palmadas en la espalda, habría abandonado. Cualquier otro, claro. Pero Miguel no era cualquier otro. Tocó a puertas, llamó a cuantas aldabas se le pusieron por delante, persistió sin mesura, agotó con su insistencia a todo aquel que pudiera ayudarle, se forró la cara ante quien hiciera falta, sin asomo de vergüenza, y bombardeó con cartas a escritores y conocidos de mejor posición social. Su empuje vital no tuvo límites, y gracias a su aura peculiar no tardó en granjearse la simpatía de poetas como Neruda y Aleixandre, sus valedores más sinceros en la capital junto con de Cossío, que vieron en él no sólo un incuestionable talento, sino la sencillez de un hombre sano y sin dobleces, incapaz de comprender las malicias del espíritu humano.   
Aleixandre llegó a escribir en sus memorias estas significativas palabras: Era un hombre abierto, de corazón libre (…), un ser alegre, de fondo dramático. Un ser generoso al máximo (…) Ha sido uno de los amigos más íntimos, cómo diría yo, más entrañables que yo he tenido a lo largo de la vida. Acierta de pleno el gran poeta andaluz cuando señala la dualidad interior de Hernández: por un lado el hombre feliz -que andaba con sandalias de labrador y pantalones de pana por la capital, subiéndose a los árboles del paseo e imitando el trino de los pájaros-, y por otra el hombre que cargaba con la realidad dramática de aquellos sometidos al yugo y los sinsabores. Lo que en Lorca era un canto telúrico aprendido de oídas en escapadas nocturnas de señorito de cortijo, en Hernández es sabor de tierra estercolada, grito de azadas y llanto de aldea, vidas de seres en barbecho anclados al terruño. No hay un poeta castellano, después de Machado, que haya calado más íntimamente en el espíritu del pueblo que Miguel Hernández, condenado desde entonces a ser cantado y revisitado constantemente. Por ese motivo Lorca le granjeó una animadversión más que justificada, temiendo perder su trono de poeta popular pasado por los metros clásicos. No en vano los dos se parecían mucho, eran festivos y de gran magnetismo personal, se ganaban a la gente de inmediato, llenaban cualquier reunión con su presencia, pero les separaba un mundo al mismo tiempo. Lorca, con todo, no era un alma tan cándida como pudiera parecer. Miguel, sí, tanto que nunca entendió la razón del rechazo de Lorca, a quien admiraba.
            Existe la leyenda, repetida siempre, de la falta de formación de Hernández y de la pobreza que asoló su infancia. En realidad todo esto ha formado parte de cierta ansia hagiográfica por engrandecer aún más su figura, dotándola de cierta heroicidad. Si bien es verdad que su familia no nadaba en la abundancia, tampoco puede decirse que pasara penurias. Como señala José Luis Ferris en su magnífica biografía del poeta (Temas de Hoy, 2002), Hernández tuvo una infancia modesta y austera, pero no pobre. Su padre, tratante de ganado, no era pues un simple jornalero o un asalariado, sino un negociante respetado en su campo, aunque de trato adusto y áspero. Educó a sus hijos sin mostrar afecto ni comprensión, en el sentido conservador del esfuerzo y el sacrificio. Hombre básicamente práctico, estaba incapacitado para entender las inclinaciones líricas del hijo, lo que originaría no pocos conflictos y disputas familiares. También hay que decir al respecto que Miguel cursó estudios más allá de lo que era normal en un niño de su condición social. Se sabe que fue matriculado ya a los 5 años, y que cursó la primaria con los jesuitas. En total, repartido en tres colegios, su educación abarcaría 10 años, aunque con frecuentes ausencias por tener que ayudar en las esporádicas faenas propias del negocio familiar. Aún así, si tenemos en cuenta el medio rural y agrario en que creció Miguel, y si sumamos el hecho probado de que la mayor parte de la gente adulta de aquellos años era analfabeta y que los hijos de campesinos no solían recibir más que un año o dos de escolarización básica, entenderemos que la formación de Hernández fue muy amplia para lo que era corriente entonces. Se sabe que fue un estudiante brillante y que los jesuitas animaron al padre para que el chico cursara el Bachillerato, pero no acabó el primer año. Las dificultades por las que atravesaba el negocio familiar, unidos a la opinión autoritaria de un progenitor que no entendía la necesidad de más estudios para un hijo que, sin más remedio, debía dedicarse al ganado, acabaron con las expectativas de Miguel, que se vio arrancado de las aulas para incorporarse al pastoreo y al reparto de leche. Por tanto, el mítico autodidactismo de Hernández no comenzó hasta los 15 años, cuando la mayoría de los chicos de su edad ya llevaban varios trabajando. Entonces sí, a partir de ahí, el futuro poeta aprende y asimila en la soledad de los campos todo cuanto puede leer en libros prestados, copiando en un cuaderno los versos que le gustan y aprendiendo de un modo natural el arte de la versificación, para la que poseía un don casi sobrenatural. Precisamente la conciencia de ese don acabó provocándole una profunda frustración y le llevó a intentar, de manera desesperada, su asalto a Madrid varias veces, sin apenas dinero para comer ni amigos a los que acudir. No obstante, y frente a su inicial fracaso, la voluntad de acero del pastor no declinó nunca. Imaginemos lo que tuvo que suponer para alguien con la sensibilidad de Hernández tener que volver a Orihuela y a sus cabras tras su primer y desastroso viaje a Madrid, con la humillación añadida de un progenitor que no dejó pasar la oportunidad de tirarle en cara el fracaso de su intento. Otro se habría resignado amargamente, pero Hernández persistió y acabó saliéndose con la suya.
            Cuesta hallar un poeta en el que la vocación y los ideales vayan tan profundamente ligados, en el que la vida y la poesía sean una misma e indivisible cosa. Miguel Hernández despertó a su ideal social y político al ser detenido y maltratado por la Guardia Civil por no llevar la documentación encima, tan despreocupado era. Fue la detonante para entregarse a una militancia entusiasta que él proyectó desde su condición proletaria, rehusando los despachos en retaguardia desde donde platicaban los intelectuales de izquierdas (Alberti entre otros) para acogerse a penosas labores en primera línea de las trincheras. Hasta el final fue fiel a sí mismo, y sólo su ingenuidad explicaría que, abandonado a su suerte por unos supuestos “camaradas” que lo primero que hicieron fue salvar su propio trasero, volviera confiado a Orihuela, creyéndose a salvo entre gentes que le conocían de toda la vida. Allí fue denunciado y encarcelado. Lo demás es historia.
            En Alicante, con motivo de recoger un premio, conocí hace años a Vicente Ramos, poeta, ensayista (experto en la obra de Miró) y Cronista Oficial de la ciudad, quien a sus 80 y tantos años me refirió con un punto de emoción el día que conoció en persona a Miguel Hernández. Fue en el Ateneo de Alicante en 1937, donde rendían homenaje al poeta, que habló de sus experiencias en las trincheras y acabó recitando versos de “Viento del pueblo” entre vítores y aplausos. “Nunca olvidaré –me dijo Ramos, de ideología opuesta a Hernández, por cierto- aquella tarde de agosto ni la voz de Miguel, que prendió en mi alma con una intensidad que jamás he vuelto a experimentar en mi vida”. La misma sensación hipnotizadora que fascinó, allá en el frente, a sus compañeros, hombres rudos y en su mayoría iletrados, que le escuchaban embelesados cuando Miguel se subía a un tanque o a una silla y empezaba a declamar sus encendidos versos.
Hernández poseía, sí, la capacidad de hacer felices a cuantos le rodeaban, incluso estando en prisión y sabiéndose ya enfermo. Mientras, él sangraba (como decía) hacia adentro, hecho un cuajo de metáforas espeluznantes y bellas. Más que un miliciano comprometido, Miguel militaba en el ejército de la poesía, partidario de la libertad por encima de todo. El más libre de los hombres murió en una prisión inmunda e insalubre (donde poderosos valedores de antaño hubieran podido salvarlo y prefirieron hacer la vista gorda, como el cura Luis Almarcha), decepcionado ante la locura colectiva como testimonian los dos últimos versos de Nanas de la cebolla, el más grande poema testamentario de nuestras letras, cuando le dice a su hijo (al que apenas conoció): No sepas lo que pasa/ ni lo que ocurre.
            Ahora, frente al centenario de su nacimiento, parece que disputas e intereses mercenarios por la herencia y los derechos de su obra ponen la pátina miserable a la celebración, puesto que su mujer, Josefina Manresa, y su hijo, fallecieron ya. Pero Miguel hubiera querido, ante todo, que su poesía la poseyera el pueblo. Y, en esencia, así ha sido, pues sólo a través de la sabia voz del pueblo se ha visto cumplida la triple intuición de su verso: “Para la libertad/ sangro, lucho, pervivo.”

domingo, 19 de febrero de 2012

El brillo de un guijarro en el barro

Espera a la primavera, Bandini
John Fante
Anagrama, Compactos. 216 pág. 7 euros
           Tal y como aseguran esas obras maestras del ingenio que son las cartas de rechazo de las editoriales, el mundo editorial está plagado de equívocos. Si ellos lo dicen no seré yo quien afirme lo contrario. Será que tienen mala conciencia, lo cual no me extraña nada viendo los truños que algunas publican sin ruborizarse. En efecto, el mundo editorial está sembrado de errores, pero también sus aledaños, principalmente el campo de la crítica (entonemos un mea culpa), incapaz ésta de vislumbrar muchas veces el grano entre la paja. Sólo ello podría explicar, en parte, que un autor como John Fante (1909-1983) pasara desapercibido en vida y que tardara décadas en traducirse al castellano. Esto no sucedió hasta el año 2000 o 2001, cuando la siempre lúcida Anagrama inició la publicación de la tetralogía Bandini, alter ego del propio Fante. Para entonces el autor ya había sido reivindicado como uno de los más importantes novelistas americanos del siglo XX. ¿Que les suena esta historia? Por supuesto.
            Fante, hijo de humildes emigrantes italianos, se ganó la vida como guionista en el Hollywood dorado y aunque publicó un puñado de novelas, apenas se le prestó atención. Murió ciego, mordido por la diabetes que le tenía atado a una silla de ruedas con las piernas amputadas. ¿Qué les sigue sonando? Claro.
            La tetralogía Bandini está compuesta por las novelas “Espera a la primavera, Bandini” (1938), “Pregúntale al polvo” (1939, probablemente la mejor de ellas), “Camino de Los Ángeles” y “Sueños de Bunker Hill”. Fuera de la tetralogía habría aún que mencionar novelas notables como “La hermandad de la uva” o “Al oeste de Roma”. De todas ellas sólo la que nos ocupa obtuvo algún reconocimiento. Las demás fueron sistemáticamente ignoradas en vida de Fante.
Reivindicado por Bukoswski como el auténtico padre del realismo sucio (membrete que creo que le hace flaco favor), su prosa descarnada, desnuda y directa le sitúa ciertamente en los antecedentes de Carver, Ford, David Foster Wallace y otros, pero su contenido social le hermana también con autores tan dispares como Dos Passos, Steinbeck o el nazi Knut Hamsun. Sirva todo ello de mera referencia, porque John Fante posee un estilo peculiar, donde la tragedia y la farsa apenas se sueltan de la mano, donde la violencia y el optimismo se asocian en mitad de un escenario siempre difícil y hostil, con personajes que tienen mucho de dostoievskianos y que despliegan ante el lector todo el muestrario de dobleces, miserias y sinsentidos del alma humana.
           El argumento de “Espera a la primavera, Bandini” es simple. Arturo Bandini, hijo de emigrantes italianos, tiene 14 años cuando, en mitad de un crudo invierno de nieve en el que escasea el trabajo, su padre albañil acaba largándose de casa para acabar viviendo accidentalmente con una viuda rica. El peso de la culpa inculcado por una madre fervorosamente católica y el asfixiante mundo de privación en que debe desenvolverse su vida hacen de Bandini un ser al tiempo soñador y cruel, contradictorio y conmovedor, el producto justo de una América desmembrada y empobrecida tras la Gran Depresión que logra que el Holden Caulfield de Salinger se nos antoje un malcriado de escuela de pago. El miedo, la culpa y la redención asolan las páginas de esta novela, al mismo tiempo llena de la sutil belleza que desprende el brillo de un guijarro entre el barro. Con unos diálogos ágiles, que escapan del habitual tono engolado y casi de tebeo de la mayoría de las novelas de su tiempo (y del nuestro), en un lenguaje vivo, callejeado, real, Fante colocó con esta novela inicial la primera piedra de esa peculiar revisión del mito del sueño americano que es en realidad toda la tetralogía Bandini.
                                                    (Publicado en la Revista Literaria La Bolsa de Pipas, nº Enero-Marzo)