El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Tusitala en las islas

         Hacía 1982 me gasté 200 pesetas (sin duda, agenciadas en algún santo o cumpleaños) en un kiosco callejero de Mahón donde vi una llamativa portada a todo color de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En ella el “señor oculto” aparecía en ademán de huída, tocado con un sombrero de copa y una capa. Se trataba de la edición de “Todolibro” de la vieja Bruguera. No me quedó más remedio que llevarme el librito, claro. Y a través de esa eterna historia sobre las dobleces del ser humano entré en el mundo fascinante de Stevenson, el más aventajado discípulo de Poe.
         En efecto, el maestro había ido a encontrar a su legítimo heredero más allá del mar, en la neblinosa y lejana Escocia, un lugar demasiado puritano y cerrado para que un idealista irredento pudiera durar mucho tiempo. Enfermizo y ansioso por hallar aquellos parajes inhóspitos que bullían en su imaginación, Stevenson alzó pronto el vuelo y se dedicó a viajar bajo la excusa perfecta de su oficio de periodista. Pero sería su fijación por los lugares remotos, casi como si en ellos buscara un lenitivo para los males de su alma y de sus precarios pulmones, lo que a la larga acabaría dándole sus mejores resultados literarios.
         Junto al Robinson Crusoe de Defoe, y con permiso de Verne, Robert L. Stevenson contribuyó como nadie a crear uno de los territorios más míticos del imaginario colectivo: el de la isla perdida, llena de piratas y aventuras, con barriles de ron, patas de palo y tesoros escondidos de por medio. En La isla del tesoro el autor escocés puso para siempre cara y palabras a la ensoñación juvenil de muchas generaciones, amén de fijar toda una iconografía –repetida luego hasta la saciedad- en torno a la figura clásica del pirata. Con ello consiguió no sólo una de las novelas de aventuras más imperecederas de la historia de la literatura, sino el milagro de que, a través de sus páginas, muchos de aquellos renacuajos de antaño abrazásemos de por vida el hábito reparador de la lectura. Y eso es así porque, aunque cambien los tiempos y las modas (y con ellas los gustos de niños y niñas), siempre habrá en el corazón de todo chaval fantasioso una isla donde esconderse, un pirata con parche en el ojo, un mapa secreto indicando un tesoro. La semilla misma de la imaginación, como quien dice.
Piratas, barcos, islas con tesoros...
      Stevenson daría a lo largo de su corta vida otras inolvidables novelas de aventuras, entre ellas La flecha negra o El señor de Ballantrae, así como un puñado de excelentes cuentos, de tintes misteriosos en la más clara línea fantástica de su admirado Poe, de los que sobresalen por su atmósfera lánguida y llena de presagios El club del suicidio o El diablo de la botella. Pero también fue un poeta más que notable, faceta ésta eclipsada por el éxito de su narrativa del mismo modo que le pasara al propio Poe.
         Ya sea en las obras al estilo de Walter Scott o en las historias de miedo, los personajes de Stevenson siempre andan librando en su interior una lucha entre el bien y el mal (algo más patente si cabe en la fábula de Jekyll y su alter ego monstruoso), mostrándonos unos seres de sentimientos e ideales no pocas veces confusos y contradictorios, por todo lo cual su literatura acaba trascendiendo la mera carcasa aventurera para ofrecernos al tiempo un inquietante retrato del eterno conflicto de dualidad que anida en el género humano. Después de todo, ¿quién no tiene algo de la otredad de Mr. Hyde o de la ambivalencia de John Silver, transformados ya en estereotipos universales?
Villa Vailima, en Samoa. Fotografía de 1911
         Robert L. Stevenson fue un hombre retraído, generoso, buen aficionado al alcohol, un soñador con bigotes de morsa, viajero infatigable y espíritu libre. Su vida, no obstante, fue una lucha valerosa contra las múltiples enfermedades que le minaron sin tregua. Acabó casándose con una norteamericana diez años mayor que él, separada y con hijos, con la que peregrinó por balnearios y ciudades dispares en un afán por encontrar el clima propicio para su tuberculosis galopante. Pasaron por Nueva York, Suiza, Francia, y unas semanas antes de la Navidad de 1889 arribaron a los mares del Pacífico. Tras algunas visitas por tierras vecinas, desembarcaron finalmente en la isla de Upolu, en la Samoa occidental. Allí, en aquel paraíso en pleno corazón de la Polinesia, con la salud ya muy deteriorada, Stevenson adquirió unos terrenos y levantó Villa Vailima, una casa de madera al estilo colonial que se amplió después de su muerte y que hoy es un museo a su memoria, así como lugar de peregrinación para gentes de todo el mundo. Allí pasó los cinco últimos años de su vida, rodeado del respeto y el aprecio de los samoanos, quienes le bautizaron como Tusitala (algo parecido a “el contador de historias”, sin duda el más hermoso título honorífico que pueda recibir un escritor).
         Una apoplejía acabó con él a los 44 años. Cuenta la leyenda que al caer fulminado llevaba en la mano una botella de vino, pues pese a sus muchas penalidades físicas, con hemorragias frecuentes, nunca renunció a los placeres de la vida. Los nativos lo velaron una noche entera y luego una comitiva de 200 samoanos le acompañó con antorchas hasta la cima del monte Vaea, a poco más de 45 minutos de Villa Vailima, donde fue enterrado con honores de gran jefe y donde reposa desde entonces junto a su mujer, en una tumba blanca sobre una tarima. En una placa se puede leer el propio poema que el escritor compuso tiempo antes para su epitafio. En otra, los isleños escribieron simplemente: aquí yace “el contador de historias”.        
         Desde la cima privilegiada del Vaea, donde un verde claro pone cerco a la frondosidad exultante del bosque, los cálidos vientos del sur ciñen para siempre su túmulo, y sólo el canto de los exóticos pájaros de Upolu rompen hoy el profundo silencio del lugar cuando los visitantes marchan tras dejar unas flores. Al final Tusitala acabó encontrando en Samoa su propia isla del tesoro, muy lejos de la fría Edimburgo, rodeado de archipiélagos recónditos y mares de coral. Una suerte de eternidad salvaje para quien nos enseñó que el tesoro no era otro que esa isla que cada cual lleva en su imaginación. O en su recuerdo.