El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Sólo un par de datos


Según el estudio reciente de una universidad tan fiable como la Pompeu Fabra de  Barcelona, España tiene al año aproximadamente ochenta mil millones de euros (80.000.000, sí!!) de fraude fiscal. La pregunta que nos podríamos hacer cualquiera de los que somos ignaros en el asunto es qué hace el fisco español contra ello. La respuesta nos la da el Doctor en Economía Arcadi Oliveres: absolutamente nada. ¿Y por qué? Sencillamente porque detrás de esa descarada y no menos curiosa insumisión fiscal se hallan los grandes banqueros (esos mismos cuyas empresas ha reflotado papá Estado mientras recortaba por otro lado el sueldo de funcionarios y empleados públicos) y, por supuesto, los grandes patrimonios de familias intocables.



Ochenta mil millones anuales de euros en un país que roza los 5 millones de parados y que para contentar al Banco Central Europeo (lo que en mi tierra viene a decirse “dejarse dar por culo”) ha reformado en 48 horas la Constitución sin consenso ni referéndum ninguno, y con el grave riesgo de fragmentación democrática que eso conlleva. Bajadas de salarios, recortes en todos los servicios básicos, desahucios a punta pala, pérdida de derechos sociales que tardaron un siglo en conseguirse… Y mientras tanto un puñado de gaznápiros, de ladrones de guante blanco, de vividores a la sombra del Estado, deja de pagar a esa Hacienda que no somos todos, a esa barragana pesetera, ochenta mil millones de euros anuales. Una cifra que, invertida en asuntos sociales, culturales y sanitarios nos pondría entre los primeros de la muy cacareada Europa, más ocupada en cobrar las deudas externas de los países hipotecados y exhaustos que de buscar soluciones reales. Si a esa cifra le añadimos el despilfarro español en armamento (sólo 1700 millones de euros anuales se van en la construcción de un avión de guerra a medias con otros tres países europeos y cuyo primer ensayo fue un rotundo fracaso), amén del gasto que supone la Casa Real, tendremos el saldo perfecto de esta supuesta crisis montada por estafadores profesionales y oportunistas a la sombra, los mismos que ahora ocupan todos los cargos de poder. Políticos, bancos, multinacionales, todos bailan la misma danza mientras el resto batimos palmas, simplemente, con la sonrisa atrofiada en la boca y la anestesia del fútbol y sus alegrías millonarias como ansiolítico. Indignaos no, amigos: acojonaos, más bien. Porque el barco hace aguas y no hay capitán bregado y honesto en cubierta.
Y esto no es literatura, por desgracia, es la puñetera realidad. La tuya, la mía, la de muchos.

domingo, 28 de agosto de 2011

Para estos tiempos que corren

      Según un sector de la psiquiatría moderna, hoy día el Quijote no sería considerado estrictamente como un loco, si bien su tenaz desdoblamiento de la realidad ofrece claras implicaciones psicológicas. A Alonso Quijano hoy se le vería más como un soñador incapacitado para vivir en el mundo que llamamos real y, por tanto, estaríamos ante un infeliz, ante alguien que necesita construirse un mundo paralelo para poder sobrevivir y hallar sentido a sus anhelos. Me temo que, en una sociedad hostil y tendente a la evasión virtual como la nuestra, estamos mucho más rodeados de quijotes de lo que creemos. Por supuesto, el problema de nuestro hidalgo radicaba en la cuestión nada baladí de ser incapaz de diferenciar ambos mundos y, de hecho, en el libro la recuperación de la cordura viene a coincidir con su muerte, algo nada gratuito por parte de Cervantes. El mundo ideal quijotesco, donde lo vulgar adquiere belleza y donde las acciones son impulsadas por el honor y la justicia, chocan de plano con la realidad ruin e insensible de la vida. Por eso, refiriéndose al Quijote, hablamos de una locura lúcida, inofensiva y casi necesaria, la bendita locura que nos salva de la mediocridad.

           
           El síndrome Quijote, en sí mismo, no debería ser algo malo, ya que apuesta por una noble capacidad: la de soñar. Curiosamente, en un mundo donde se rinde culto al colectivismo sin apearnos del férreo individualismo occidental, el soñador sigue estando devaluado y escasamente aceptado. Es alguien que se aparta de la masa, del rebaño borreguil, del pensamiento único, de la productividad alienante que ha de alimentar al gran Moloch bajo cuya sombra todos dormitamos. Lo que molesta al cura, al barbero o al ama no es la locura de Don Quijote, sino su diferencia, su insultante libertad.
No deja de ser sintomático, por otra parte, el miedo que siempre ha provocado en el poder -y en ciertos sectores de la sociedad domesticada- el que alguien tuviera como objetivo un mundo mejor, ya fuera en sueños o en actos. Desde Cristo a Gandhi, pasando por el movimiento hippie, los pacifistas, ecologistas o los actuales “indignados”, los palos no han cesado de caer por todas partes. Los soñadores, como los borrachos, son incómodos, gente sospechosa o peligrosa a la que hay que quitar de en medio, etiquetarlos de locos (o de genios, que viene a parecerse bastante) y esconderlos. Qué miedo nos dan los locos, aunque nunca hayan matado ni a una mosca.
En su primera incursión en el texto teatral, el poeta menorquín Ponç Pons supo retratar con maestría y conocimiento del alma humana a un puñado de esa estirpe de locos lúcidos, soñadores que no quieren dejar de serlo, que reniegan del limbo de las pastillas y que prefieren charlar con esos fantasmas que siguen vivos entre nosotros a través de sus libros y sus músicas. Fuera del escenario uno acaba por comprender que la frágil línea entre la cordura y la demencia se difumina para que podamos formular la eterna pregunta de quién es el loco y quién el cuerdo.
En los últimos meses he leído varios libros donde casualmente aparecen locos y tronados, personajes que desde antes del tratado de Erasmo han venido poblando multitud de páginas. Es difícil responder a la pregunta de qué nos atrae tanto de la demencia. Me atrevería a decir que el hecho de no ser inmunes a ella. Al mismo tiempo está el miedo, el abismo mental que acecha pero que ejerce de insano imán como la puerta que se nos prohíbe abrir de niños. La conciencia de nuestra propia imperfección nos asusta y nos fascina por igual.
             En el fondo, cuando se comete el error de cuestionarse, la realidad se parece mucho a la verdad, esa cosa que cada hijo de vecino cree tener en exclusiva y en honor de la cual se siguen cometiendo universales tropelías y abominaciones. Nuestro hidalgo veía gigantes donde sólo había molinos y otros, menos inocentes, ven armas de destrucción masiva donde únicamente hay un pueblo cagado de miedo. El verso de Campoamor de “nada es verdad o mentira” se revela, pese a su mediocridad, más actual que nunca. Así pues, si en verdad cada cual es lo que sueña, hemos de aceptar entre nosotros la existencia de monstruos y de héroes. La locura quijotesca es el mal menor, la santa locura de los que aún se atreven a soñar.