El responsable del café

Mi foto
Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Un puñado de raros (II)

Ángel Vázquez 
         Señalado por algunos críticos como el último gran autor maldito de nuestro tiempo. Alcohólico, homosexual reprimido, con escasa confianza en sí mismo, Ángel Vázquez Molina (cuyo auténtico nombre, Antonio, cambió porque sonaba demasiado a torero) nació en 1929 en la colonia de Tánger. Su padre, un hombre violento que le maltrataba, se largó siendo él muy niño, razón por la cual Vázquez se crió en el mundo femenino de su madre y su abuela y entre los chismorreos en yaquetía (el castellano de los sefarditas marroquíes) de la clientela de la tienda de sombreros de su madre, un local muy popular en la ciudad. El conocimiento de esa lengua híbrida, hoy prácticamente extinguida, la emplearía el futuro escritor en su obra.
         Parece que Vázquez fue un niño tímido y solitario, dado a la imaginación. Básicamente autodidacta, frecuentaba las bibliotecas públicas de Tánger, donde leía todo lo que podía. Desempeñó diversos empleos modestos (oficinista, secretario de un abogado, librero, etc.) al tiempo que incurría en continuas rutas etílicas por los bares. Acudía de tarde en tarde a las fiestas galantes de Bárbara Hutton, compartió barra con el escritor beat William Burroughs y entabló amistad con Jane Bowles, la mujer del autor de “El cielo protector”. Pero al margen de esta vida social esporádica, su existencia fue gris. Empezó a escribir sin esperar nada, más como un medio de evasión que otra cosa. En esos primeros tiempos colaboró con el diario España. Con la inminente independencia de Marruecos, y desaparecida ya la época de esplendor colonial que había hecho de la ciudad un lugar cosmopolita e internacional, los problemas económicos de Vázquez aumentaron. De él dependían, además, su abuela y su madre enferma, así que no podía abandonar Tánger. Malvivió de sus empleos precarios, aunque había escrito una novela titulada “Se enciende y se apaga una luz”. Una de las pocas personas del mundo de las letras con quien tenía contacto y que creía en su talento era Carmen Laforet, otra desertora literaria temprana, la cual le animó a presentarse al premio Planeta de 1962 del que ella era jurado. Contra todo pronóstico el desconocido Vázquez se alzó con el premio, aunque el dinero que obtuvo se le fue en pagar deudas. Y fue a partir de aquí, cuando su suerte parecía cambiar, donde curiosamente comenzó el descenso irremediable de Ángel Vázquez. Sólo publicaría dos novelas más en los apenas 18 años que le quedaban de vida, dos obras separadas entre sí por un largo periodo de doce años y que pasaron totalmente desapercibidas pese a que fueron publicadas también por Planeta.
         Fallecidas su abuela y su madre, Vázquez se acogió a las ayudas que ofrecía el gobierno español para dejar Tánger y fue dando tumbos por diferentes ciudades hasta recalar en Madrid, donde conservaba unos pocos amigos de los años tangerinos (entre ellos, Eduardo Haro Tecglen). En la capital vagó de un empleo a otro, deteriorando su salud a marchas forzadas por el abuso del alcohol y las penurias económicas que siempre le acompañarían. En 1964 publicó “Fiesta para una mujer sola”, una nueva incursión en la psicología femenina que no obtuvo ninguna atención, y en 1976 la considerada como su obra maestra, “La vida perra de Juanita Narboni” que corrió una suerte similar. Hasta su muerte, acaecida en 1980 a los 50 años en un estado de decrepitud absoluta, el escritor vivió en una pensión de mala muerte, decepcionado por la recepción de sus obras y atormentado por las recurrentes dudas sobre su talento. Aunque cada vez más replegado en el silencio y la soledad, se sabe que Ángel Vázquez siguió escribiendo hasta el final, y de hecho sólo unas horas antes de que un ataque al corazón acabara con su existencia miserable había quemado sus dos últimas novelas, llevado por una dolorosa y durísima autoexigencia consigo mismo.
         “La vida perra de Juanita Narboni” es el largo monólogo de otra de esas mujeres solas que pueblan el universo de Vázquez. En su soliloquio, la protagonista recrea, expresándose en yaquetía, el Tánger fascinante que el autor conoció para narrarnos su esplendor y su decadencia. Al margen de su valor testimonial, se trata, por tanto, de la única manifestación literaria que recoge el habla española de los hebreos sefarditas, un castellano usado sobre todo por las clases populares y apenas conocido en la península. La novela llegó a ser seleccionada para el Premio de la Crítica de 1977, aunque no pasó de ahí, y luego fue sepultada prácticamente hasta nuestros días. La reivindicación de algunos autores actuales y la edición crítica de la editorial Cátedra en 2000 han revalorizado esta obra hasta el punto de ser considerada hoy como una de las novelas en castellano más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

Juan Antonio Payno  
         Entre los malditos y los malogrados, el caso de Payno se enmarcaría dentro de lo que podríamos tildar de raro o incluso de anecdótico, tal es así que durante muchos años corrió la leyenda de que el autor en cuestión no existía. Juan Antonio Payno, un escritor nacido en 1942, cursaba tercero de Económicas cuando en 1961 ganó, por sorpresa y con su primera novela, el Premio Nadal por su obra “El Curso”. Tenía sólo 20 años y desde entonces figura como el galardonado más joven de la historia del longevo premio. Hasta aquí todo sería normal, si no fuera por el hecho insólito de que, tras aquel triunfo prometedor, Payno desapareció por completo del panorama literario durante 36 largos años.
         Descubrí su existencia con 12 o 13 años, en una de mis inmersiones espeleológicas en uno de esos libros de lecturas que dormían el injusto sueño de las letras postergadas en el almacén de libros retirados de mi colegio. En esas páginas tiznadas de óxido aparecía un fragmento de “El Curso” y recuerdo bien la primera frase: “Eran las ocho de la mañana. El cielo estaba gris panza de burra”. Tuvieron que pasar algunos años para que leyera la novela entera, siempre sin olvidar que la había escrito un chaval muy joven. Se trataba de una radiografía de la juventud universitaria de la España de 1960, escrita en una prosa sencilla, sin grandes pretensiones estilísticas, y aunque la novela estaba correctamente estructurada no pasaba de ser el ejercicio primerizo de un autor que prometía. La obra, no muy bien recibida por la crítica de entonces (que no desperdició la ocasión de compararla con la novela finalista de otro gran raro, la del novelista navarro Pablo Antoñana, ni de recordar que Payno era sobrino de Dámaso Alonso), quedó como un curioso retrato sociológico de una juventud que se constituía en gran medida como la primera de muchas generaciones en lograr llegar a la universidad. Recuerdo su lectura con agrado, aunque han pasado de ello 20 años.
         En una ocasión, tertuliando en el santuario libresco del escritor Esteban Padrós de Palacios, salió a colación el caso Payno. A principios de los 60 Esteban colaboraba en la revista Papeles de Son Armadans  que dirigía Cela y había tenido que hacer la reseña de “El curso”. No la recordaba con especial estimación. Se levantó y fue a buscar el libro entre los miles que cubrían las paredes. Aún estaban ahí las notas que tomó durante su lectura. Leyó algunas, reparos en su mayoría. Payno era muy joven, cierto, pero al lado de cualquier escritor veinteañero actual parecería hoy un escritor más que notable. El tiempo a veces engaña, mejora las cosas. Otras, no. Al final nos preguntamos lo inevitable: ¿Y qué habría sido de Payno?
         Payno se evaporó, se convirtió en una anécdota curiosa y fue olvidado. Acabó la carrera, hizo el doctorado y posteriormente se dedicó a su Cátedra de Estructura Económica, algo bien poco literario, como si su novela premiada hubiera sido un simple devaneo de juventud. Pero en 1997, tres décadas y media después, Alfaguara publicó una nueva novela suya, “Romance para la mano diestra de una orquesta zurda”. Cuando le preguntaron por el motivo de su largo silencio, Payno se limitó a contestar: sencillamente no tenía nada que contar. También adelantó que estaba revisando el que debía ser su tercer libro, pero bien fuera porque las críticas a esa segunda novela no fueron las esperabas, bien por el afán de seguir alimentando su leyenda, lo cierto es que han pasado otros 13 años y ese supuesto libro nunca apareció.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El tiempo de los emperadores extraños

Ante el inminente estreno de la película de Gerardo Herrero "Silencio en la nieve", basada en la novela de Ignacio del Valle "El tiempo de los emperadores extraños", he recordado la reseña que publiqué entonces de tan buen libro en la revista digital "Ariadna". Del Valle ha ido confirmándose desde entonces como uno de los narradores más interesantes del momento.
Aquí aquella reseña:


         La geografía literaria es un hecho quizá poco casual. Si en los sesenta hubo una explosión de autores andaluces (los popularmente llamados narraluces) y en los 80, con la normalización lingüística, la hubo de escritores gallegos, vascos y catalanes, desde inicios de esta década estamos asistiendo a una proliferación de autores asturianos, la mayoría de los cuales escriben en castellano o han sido ampliamente traducidos de su lengua natal al español. Un caso singular sería el de Xuan Bello que, escribiendo directamente en una lengua aún incomprensiblemente maldita a nivel institucional, llegó a todo el país a través de su brillante “Historia universal de Paniceiros”. De un tiempo a esta parte han ido despuntando en el panorama escritores asturianos tan válidos como Pepe Monteserín, Rafael Reig, Eugenia Rico, Ricardo Menéndez Salmón, amén de un buen número de poetas jóvenes. A todos estos debe incluirse también al novelista Ignacio del Valle (Oviedo, 1971), que con cinco novelas a sus espaldas y varios premios se ha ido abriendo camino en el difícil ascenso literario.
         Su última obra, “El tiempo de los emperadores extraños” es una novela de corte más convencional que las anteriores, cocinada con los ingredientes necesarios para atrapar a muchos lectores, pero escrita con oficio y evidente solvencia, elementos que algunos autores han olvidado en aras de las millonarias cifras de ventas. Para ello, del Valle nos sitúa en un escenario cien por cien novelesco: el frente de Leningrado, en pleno crudo invierno del 43, cuando la División Azul andaba tirando tiros contra el ejército ruso en pago al apoyo de Hitler a Franco durante la guerra civil. En medio de la tormenta climatológica y humana se cometen varios crímenes con extraños indicios rituales y un gris soldado español debe investigarlos.
         Del Valle posee gran habilidad para perfilar aspectos psicológicos y describir escenas donde historia y ficción van de la mano. El absurdo de la contienda, la deshumanización de los personajes (que no excluye ni al mismo protagonista), y la sinrazón de los crímenes cometidos por una mente depravada envuelve toda la novela con un velo de misterio, al tiempo que preludia el inminente desastre. Un libro, en definitiva, bien escrito y bien contado, que es ya mucho decir en un panorama cada vez más cargado de novelas mediocres que, sin embargo, se nos venden poco menos que como obras maestras.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Un puñado de raros (I)

Aunque publiqué este artículo ya hace algún tiempo, creo que mantiene su vigencia y su interés. Ahí va la primera parte:

          La historia de la literatura, como otras disciplinas del arte, está repleta de casos curiosos en los que autores dotados de talento se malograron en la cúspide de sus trayectorias, quedando sepultados por la pátina inmisericorde del olvido, o bien dejaron de escribir por iniciativa propia, abrazando esa misteriosa decisión rulfiana que se ha venido definiendo en los últimos tiempos como conducta “bartleby”, haciendo alusión al famoso personaje de Melville que ante cualquier obligación “prefería no hacerlo” y que Enrique Vila Matas acuñó en su libro “Bartleby y compañía” en 2000. 
            Ignoro de dónde procede mi fascinación por los olvidados, los raros, los fracasados o los malditos, no sólo en literatura sino también en pintura, cine o música. Sin duda poseen un atractivo mucho mayor que el del triunfador, siempre tan predecible. Quizá sea que uno se reconoce y se refleja en ellos, en sus vidas a veces dolorosas o miserables, a veces marcadas por una suerte puñetera, meandrosa y esquiva. Pero, por encima de todo, siempre me obsesionó comprender los mecanismos por los cuales un artista llamado al éxito acababa abocado al fracaso, al aislamiento (voluntario o no) y no pocas veces a la destrucción física o psicológica. Las causas son múltiples y variadas, en ocasiones debidas a naturalezas proclives a todo rechazo social hostil o conformista, otras a la ceguera, la ignorancia, los prejuicios y la falta de criterio de toda una sociedad.
Siempre es difícil comprender por qué buenos escritores, algunos incluso excelentes, quedaron inscritos para siempre en las listas de la ignominia mientras otros, no necesariamente mejores, se llevaron las rosas y los laureles y quedaron de algún modo perpetuados. Supongo que por eso, por un raro afán de justicia, siempre preferí juzgar los aceptados cánones literarios por mí mismo, motivo que explicaría bastantes de mis inusuales lecturas y mi frecuentación de autores que hoy –salvo contadas excepciones- apenas nadie recuerda. En castellano existen algunos malditos clásicos, bohemios a la vieja usanza, que han sido reivindicados hoy por autores actuales, casos como los de Pedro Luis de Gálvez, Eliodoro Puche, Silverio Lanza, Armando Buscarini, Carmen de Burgos, etc. Pero no es necesario remontarse un siglo atrás, los hay más cercanos. Basten, seguidamente, un puñado de ellos, curiosidades bibliográficas para lectores que no se conformen con el best seller vaticanesco o el planetilla de turno.

José Mª Sanjuán
            Descubrí a Sanjuán en una añosa antología de los míticos premios Hucha de Oro de cuentos, en los tiempos en que me dio por rastrear en el subsuelo del cuento español de los años 1960-1970. El autor, nacido en Barcelona en 1937 y periodista de profesión, aparecía fotografiado en una cama mientras sostenía el trofeo del premio citado. Eso llamó mi atención. Indagué un poco y descubrí que Sanjuán padecía entonces un sarcoma en una pierna que le mantenía postrado en cama. En 1963 había ganado el premio Sésamo de novela corta por “Solos para jugar”. En 1967, ya muy enfermo, su novela “Réquiem por todos nosotros” obtuvo el premio Nadal, aunque el autor apenas pudo disfrutar de ese éxito porque falleció pocos meses después con sólo 30 años.
            Creo que fue en el invierno de 1993, durante el cual prácticamente me enclaustré varios meses en un cuarto del que salía apenas para comer, cuando leí, sorprendido, “Réquiem por todos nosotros”, una obra con intención de retrato generacional, pesimista, desencantada, ajena a los moldes de la novela realista aún imperante en la España de 1967. Conocedor de los aires revolucionarios que recorrían Europa, y próximo el advenimiento del Flower Power estadounidense del 68 y el Mayo Francés con sus utopías, Sanjuán supo captar la ingenuidad de esa nueva juventud e incluso predecir su hastío, su decepción y su fin. Sorprende que en su precario estado de salud, el autor fuera capaz de escribir una obra tan viva, que leída hoy supera con aprobado alto el siempre severo examen del tiempo. Por eso no deja de resultar incomprensible el hecho de que no haya vuelto a reeditarse ni ésta ni ninguna otra de las escasas obras (dos libros de cuentos y otras 2 novelas) que dejó Sanjuán, un más que notable autor olvidado por completo.

Julián Ayesta
            El del gijonés Julián Ayesta Prendes (1919-1996) es uno de los casos de abstención literaria más curioso de nuestras letras. Diplomático de carrera, escribió varias obras teatrales, un puñado de cuentos y un inclasificable libro llamado “Helena o el mar del verano”. Y tras eso siguió un silencio que duró hasta su muerte.
Publicada por la revista Ínsula en 1952, “Helena o el mar del verano” circuló desde el principio entre un reducido número de lectores que la consideraron una obra extraordinaria y alimentaron su mito de libro raro y difícil de encontrar. La obra es muy breve, apenas 87 páginas, por lo que difícilmente se la puede considerar una novela ni tampoco un cuento. Se trata de un relato breve de una sutileza y lirismo que rompe con todo lo que se escribía en España en los años 50, una obrita intencionadamente bella en el más amplio sentido de la palabra, llena de imágenes sugestivas, palabras bruñidas de luz y una atmósfera irreal que remite al cuento infantil sin acabar de serlo. Todo en ella, incluido el argumento, es mínimo y simple. Cuenta la relación entre el joven narrador y Helena, una pre-adolescente rubia, hermosa y juguetona, a lo largo de unos idílicos veranos donde sus respectivas familias veranean juntas. Ayesta, con una sensibilidad casi poética y apenas sugiriendo, levanta poco a poco un particular homenaje al primer amor, donde la nostalgia de su naturaleza efímera, pero también la esperanza de la felicidad, se dan la mano.
Descubrí esta obra hace muchísimos años al leer un fragmento de ella en la mítica antología de cuentistas españoles de García Pavón. Recuerdo que también yo era apenas un adolescente entonces y la magia de aquellas pocas líneas me llenó el pecho con la intensidad de una ráfaga de aire cálido, diáfano y primaveral, que parecía hubiera entrado por la ventana anunciando un largo verano de juventud.
En el año 2000 la editorial Acantilado volvió a reeditar “Helena o el mar del verano” y para algunos fue un descubrimiento. La recepción fue entusiasta. Un crítico de El País la catalogó, algo exageradamente, como “uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX”. Volví a leerla, emocionado, tantos años después. Pero supongo que uno ya no era el mismo que entonces, y mi capacidad de asombro tampoco. La obra seguía siendo una pequeña joya, repleta de ingenuidad y armonía, pero no dejaba de ser también un libro fuera del tiempo, un poco al estilo de “Las cosas del campo” de Muñoz Rojas, obras ambas muy alejadas –por desgracia- de la sensibilidad actual, y por eso mismo esenciales y llenas de encanto.

lunes, 21 de noviembre de 2011

A Pilar Donoso, In Memoriam

Dado la triste actualidad de Donoso con la repentina muerte de su hija Pilar, y para aquellos que les interese, reproduzco un artículo más extenso publicado en el suplemento "Culturalia" del Diario Menorca en julio de este año:

EL OBSCENO OFICIO DE VIVIR


Cuando han transcurrido ya 15 años de la muerte del escritor chileno José Donoso, el célebre autor sigue gozando de tanta admiración como amplia incomprensión dentro y fuera de su país. Detractores ilustres como Bolaño, e ingratos alumnos que asistieron a sus famosos talleres de escritura para luego renegar -un poco a la callada- del maestro, temerosos sin duda de que figurar en la nómina de “donositos” les acabara perjudicando, pusieron en marcha una rara corriente anti-donosiana entre algunos de los últimos autores chilenos, creo que de naturaleza bien ajena a lo literario. Donoso, aunque sí exprese clara y repetidamente su repulsa en sus diarios personales, siempre se mantuvo en un estado de cierto autismo respecto a la dictadura de Pinochet. Ni tomó partido ni se reveló, no porque fuese un hombre sin color político, que lo era, sino porque se sentía incapaz de enfrentarse a nada ni a nadie en su vida pública. Su recurrente huida de las responsabilidades, incluso de las más domésticas, le acarreó grandes problemas en lo personal y familiar. Todo ello unido a un espíritu emocionalmente quebradizo, de tendencias hipocondríacas y obsesivas, le convirtió en un hombre que, a pesar de su amabilidad y cercanía, sentía una urgente necesidad de esconderse, de retirarse dentro de sí mismo. Su único campo de batalla fue la literatura, hasta el punto de que escribía todos los días, bien fuera novela o dietario, puesto que éste ejercicio no sólo era su refugio, sino el único medio donde Donoso podía hablar claro y sin tapujos de él mismo y de los demás. En los diarios rescatados por su hija Pilar se comprueba que no era tan amable ni condescendiente con algunos de los que le rodeaban como parecía serlo al natural. Simplemente evitaba la disputa, la abierta discrepancia, nunca por miedo, más bien por pereza, por llano desinterés a todo lo que no fuese su obra. Como todos los grandes creadores, cultivaba un gran ego, en su caso maniático, evasivo y contradictorio. Quizá por eso, muy acertadamente, su hija ha titulado su magnífico libro biográfico como “Correr el tupido velo” (Alfaguara, 2011), porque eso hacía Donoso en su acontecer cotidiano, reservándolo todo, ira incluida, para sus novelas.
Donoso con su hija Pilar

Donoso fue, a lo largo de su vida, carne de diván. La práctica del psicoanálisis estuvo muy presente desde su juventud y muy enraizada en su obra, una obra en absoluto complaciente, donde la complejidad y los diversos niveles de lectura y de interpretación contribuyeron sin duda a hacer de él uno de los autores del Boon más dificultosos de leer. Aunque compartía con sus compañeros de grupo ciertos rasgos distintivos, carecía de la fuerza telúrica y popular de un García Márquez o de un Fuentes, por ejemplo. O de la imaginación desbordada de un Cortázar o incluso de un Vargas Llosa. Y lo sabía. No obstante, José Donoso es no sólo uno de los novelistas mayores del siglo XX, sino probablemente (junto a Onetti y Sabato) el gran iconoclasta de los autores del Boom. Su obra, en efecto, se hace remolona frente a cualquier fácil clasificación y él mismo experimentó cierta extrañeza frente a los libros de sus amigos generacionales, no en vano algunas de sus mayores influencias provenían de ciertos autores americanos y el propio escritor fue asiduo profesor en talleres literarios de universidades de EEUU. Donoso, además, vivió desde muy joven no sólo fuera de Chile, sino del continente hispanoamericano, aunque sus recuerdos (y las historias que le contaba de crío su niñera) le sirvieron siempre de germen para muchos de sus argumentos. Y aunque es cierto que todos los autores del Boom eran dueños de un universo particular, muchos de esos universos eran paralelos. En cambio el de Donoso es intransferible, hermético, un mundo de introspección muy profunda en el que sumergirse requiere de botellas de oxígeno y donde siempre hay numerosos rasgos de su propia personalidad acomplejada devorándose como un ouroboros desquiciado. Las novelas de Donoso son siempre catálogos más o menos extensos de arraigadas obsesiones que, en realidad, son las obsesiones del propio autor, atormentado por su sensación de eterno desclasado, de viejo prematuro que intuye la fealdad, el dolor, la decadencia mental y física, la locura, la muerte. Por ese motivo, Donoso es probablemente (y con permiso de Sabato) el autor más terriblemente humano de todos los novelistas del Boom, porque sus miedos son elementales, prosaicos, incluso desprovistos del hastío existencialista de las obras de los mencionados Sabato u Onetti, un miedo que nace con nosotros y que únicamente crece para acabar vampirizándonos con el correr del tiempo. El miedo de vivir.
Todos los libros que tengo de Donoso son de segunda mano, pescados en mercadillos de ocasión, en librerías de lance o de coleccionista, puesto que no es un autor al que se reedite mucho actualmente. Sin embargo, el libro que más me costó encontrar fue “El obsceno pájaro de la noche”, pese a ser su novela más famosa y recordada. Ello se debió, en parte, a que su primera edición apareció el mismo año en que yo nací y, aunque en libros no soy nada fetichista, esa casualidad me empujó a buscar un ejemplar de ese año, tarea harto difícil porque las ediciones príncipe de obras emblemáticas se cotizan al alza. Hube de conformarme con una copia de la segunda edición, exactamente igual a la primera pero aparecida un año después.
La génesis de “El obsceno pájaro de la noche” podría haberle dado a su autor material para otra novela, pues no sólo tardó casi una década en escribirla sino que, según sus propias palabras, el pájaro estuvo a punto de devorarle las tripas. Diversos ataques de úlcera (uno de ellos brutal, con internamiento en un centro de salud mental incluido, lugar donde deliró durante días), casi acaban con él. La novela se publicó finalmente en 1970, envuelta en la polémica marcha de Carlos Barral de la editorial Seix Barral, el sello que la editó y que debía haberla galardonado también con su premio Biblioteca Breve. La marcha de Barral, contrario a las directrices de nuevos socios de la empresa, forzó la anulación del premio de ese año y Donoso se quedó sin él. Pese al contratiempo, “El obsceno pájaro de la noche” acabó convirtiéndose no sólo en la obra capital del chileno (juntamente con su monumental “Casa de campo”), sino también en el billete a la posteridad del escritor. Y si bien sigue figurando como uno de los cinco o seis títulos angulares del “Boom”, probablemente sea hoy una novela escasamente leída frente a la vigencia de “Cien años de soledad”, “Rayuela” o “La ciudad y los perros”, por citar sólo tres. Un mundo poco complaciente, de podredumbre física y moral, donde personajes llenos de minusvalías y criadas viejas y chismosas se apoderan de una casa ruinosa (la casa, en todas sus acepciones, será siempre el continente en el que Donoso situará sus tramas), conforman una historia de varias voces, constantes retrocesos temporales, monólogos interiores e incluso paramnesias argumentales que la convierten en una lectura difícil, dura, para lectores bregados, que en poco a contribuido a su difusión en tiempo de lecturas livianas o decididamente burdas. Y aún así, la atmósfera alucinatoria y casi pesadillesca que recorre sus páginas sigue fascinando como el primer día hasta el punto que, a poco que el lector ponga algo de su parte, se queda uno atrapado en ellas como sólo sucede en los grandes libros.
Al final de su vida, invadido por mil achaques e inseguridades, Donoso se preguntaba si quedaría algo de su obra en el futuro. Es, no cabe duda, una pregunta habitual y también estéril, porque nadie mejor que él sabía que la obra existe mientras exista alguien que, décadas después, toma uno de esos libros, lo abre y empieza a leer. Entonces sí, se produce la magia de la literatura, ésa que no conoce modas ni etiquetas. Y de pronto todo regresa al principio, se torna nuevo, y vuelve a empezar irremediablemente.    

domingo, 13 de noviembre de 2011

El obsceno oficio de escribir

Cuando se cumplen 15 años de la muerte del autor chileno José Donoso y asistimos, con espeluznante sorpresa, al temprano olvido en que parecen haber caído hoy sus obras entre los lectores ignaros, uno se pregunta si Donoso, que tanto se cuestionó por un futuro que intuía incierto, no imaginaba ya esta soledad en la cumbre. Hombre surcado por cataclismos emocionales, carne de diván toda su vida, el chileno sostuvo una dura lucha contra sus miedos y sus incapacidades, refugiando su fragilidad tras los muros de la literatura. Sin poseer la facilidad creativa de un Vargas Llosa, el imán popular de un García Márquez o la imaginación desbocada de un Cortázar, José Donoso supo crear de sus propias y recurrentes obsesiones una obra de solidez y calidad incuestionables y firmar al menos dos novelas maestras: El obsceno pájaro de la noche (cuya génesis tortuosa, con ataque de úlcera e internamiento psiquiátrico mediante, le hubiera dado para otra alucinada novela) y Casa de campo. Cuesta, sí, entender la dificultad que entraña encontrar hoy algunos de sus libros cuando, en el fondo, su obra ahonda en aspectos tan atemporales como son los abismos cotidianos, la decrepitud física, la podredumbre moral, obsesiones que persiguieron a Donoso desde siempre y cuya suma no sería otra que el miedo, pero un miedo alejado del enfoque existencialista de Sábato o incluso de Onetti. Por el contrario, el suyo era un miedo primario y elemental, aquel que nos causa temor ante la tormenta, la oscuridad, lo que pueda haber tras una puerta.
Quizá por todo lo expuesto, Donoso fue probablemente -y con permiso de Sábato- el autor más terriblemente humano del Boom, hasta el punto de que mientras escribía conjuraba sus propios temores, se armaba contra cualquier agresión externa o cualquiera de las muchas supersticiones que le embargaban, y escalaba sin oxígeno a una cumbre que nunca era placentera, que siempre le exigía más metros, más cima. Finalizar una novela era para Donoso no tanto una liberación como una vuelta a sus males físicos, a sus ataques de úlcera, a la mediocridad que a todos nos alcanza como seres humanos que somos. De este modo la fealdad, la vejez, la minusvalía o la locura acompañan a todos los personajes del chileno, rebozados en sus miserias lo mismo que las viejas criadas chismosas o la colonia de deformes de El obsceno pájaro de la noche. Todos, a su modo, tienen algo del propio autor o alguna de sus neuras repetitivas.
Su hija Pilar, adoptada de bebé por los Donoso, ha tardado un montón de años en levantar este retrato profundo de la compleja psicología del padre, un retrato en absoluto complaciente pero tampoco utilizado por la autora para hacer juicios de valor ni para vengar viejas rencillas. Para ello se ha servido de los diarios del escritor, hasta ahora depositados en una universidad americana, cientos y cientos de páginas en las que Donoso, a lo largo de media vida, fue dejando opiniones contundentes y críticas (algunas nunca vertidas de forma clara en sus obras, como su repulsa a Pinochet), además de amplias muestras de su incapacidad para la vida social y de sus más arraigados temores. En estos “diarios de escritor”, Donoso no se corta un pelo respecto a los demás (con quienes se muestra, por lo general, poco indulgente), dejando apuntes a veces incluso contradictorios que van desde el mero drama personal (una esposa alcohólica frustrada por su infertilidad, una hija de cuyas capacidades intelectuales duda, una homosexualidad latente, etc.), a entradas llanamente enfermizas (su manía persecutoria, su miedo a que los que le querían le estuvieran robando y quisieran matarle, su hipocondría…). Con todo ello se nos desvela un escritor genial enganchado a la superstición de su incapacidad, un hombre consciente de su fragilidad humana que se sentía siempre vulnerable y engañado, un ser “desclasado” que al volver a Chile tras años de exilio se notó ajeno e incomprendido. Pilar Donoso no ha escatimado detalles que sin duda habrán resultado dolorosos para ella, pero sin los cuales la personalidad del padre habría aparecido sesgada y parcial. Nos ofrece las propias palabras del escritor, recorriendo sus distintas etapas vitales desde los años 50 y sus periplos de profesor en EEUU, hasta su paso por España (Barcelona, Calaceite) y final regreso a Chile, mientras vamos descubriendo a un Donoso cada vez más encerrado en sí mismo y más autista en todo, cada vez más inmerso en su obra como refugio último. Y precisamente a esta incapacidad para comprometerse social, política e incluso familiarmente responde este título, este “correr el tupido velo”, deporte que Donoso practicó toda su vida.

Libro necesario, valiente, escrito con amenidad y fiel perspectiva, “Correr el tupido velo” supone también un íntimo ejercicio de exorcización personal para su propia autora que, a pesar de todo, encara en él los fantasmas de su padre y de toda su familia con comprensión y afecto. Sólo por ello merece ya nuestro aplauso y respeto.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Tusitala en las islas

         Hacía 1982 me gasté 200 pesetas (sin duda, agenciadas en algún santo o cumpleaños) en un kiosco callejero de Mahón donde vi una llamativa portada a todo color de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En ella el “señor oculto” aparecía en ademán de huída, tocado con un sombrero de copa y una capa. Se trataba de la edición de “Todolibro” de la vieja Bruguera. No me quedó más remedio que llevarme el librito, claro. Y a través de esa eterna historia sobre las dobleces del ser humano entré en el mundo fascinante de Stevenson, el más aventajado discípulo de Poe.
         En efecto, el maestro había ido a encontrar a su legítimo heredero más allá del mar, en la neblinosa y lejana Escocia, un lugar demasiado puritano y cerrado para que un idealista irredento pudiera durar mucho tiempo. Enfermizo y ansioso por hallar aquellos parajes inhóspitos que bullían en su imaginación, Stevenson alzó pronto el vuelo y se dedicó a viajar bajo la excusa perfecta de su oficio de periodista. Pero sería su fijación por los lugares remotos, casi como si en ellos buscara un lenitivo para los males de su alma y de sus precarios pulmones, lo que a la larga acabaría dándole sus mejores resultados literarios.
         Junto al Robinson Crusoe de Defoe, y con permiso de Verne, Robert L. Stevenson contribuyó como nadie a crear uno de los territorios más míticos del imaginario colectivo: el de la isla perdida, llena de piratas y aventuras, con barriles de ron, patas de palo y tesoros escondidos de por medio. En La isla del tesoro el autor escocés puso para siempre cara y palabras a la ensoñación juvenil de muchas generaciones, amén de fijar toda una iconografía –repetida luego hasta la saciedad- en torno a la figura clásica del pirata. Con ello consiguió no sólo una de las novelas de aventuras más imperecederas de la historia de la literatura, sino el milagro de que, a través de sus páginas, muchos de aquellos renacuajos de antaño abrazásemos de por vida el hábito reparador de la lectura. Y eso es así porque, aunque cambien los tiempos y las modas (y con ellas los gustos de niños y niñas), siempre habrá en el corazón de todo chaval fantasioso una isla donde esconderse, un pirata con parche en el ojo, un mapa secreto indicando un tesoro. La semilla misma de la imaginación, como quien dice.
Piratas, barcos, islas con tesoros...
      Stevenson daría a lo largo de su corta vida otras inolvidables novelas de aventuras, entre ellas La flecha negra o El señor de Ballantrae, así como un puñado de excelentes cuentos, de tintes misteriosos en la más clara línea fantástica de su admirado Poe, de los que sobresalen por su atmósfera lánguida y llena de presagios El club del suicidio o El diablo de la botella. Pero también fue un poeta más que notable, faceta ésta eclipsada por el éxito de su narrativa del mismo modo que le pasara al propio Poe.
         Ya sea en las obras al estilo de Walter Scott o en las historias de miedo, los personajes de Stevenson siempre andan librando en su interior una lucha entre el bien y el mal (algo más patente si cabe en la fábula de Jekyll y su alter ego monstruoso), mostrándonos unos seres de sentimientos e ideales no pocas veces confusos y contradictorios, por todo lo cual su literatura acaba trascendiendo la mera carcasa aventurera para ofrecernos al tiempo un inquietante retrato del eterno conflicto de dualidad que anida en el género humano. Después de todo, ¿quién no tiene algo de la otredad de Mr. Hyde o de la ambivalencia de John Silver, transformados ya en estereotipos universales?
Villa Vailima, en Samoa. Fotografía de 1911
         Robert L. Stevenson fue un hombre retraído, generoso, buen aficionado al alcohol, un soñador con bigotes de morsa, viajero infatigable y espíritu libre. Su vida, no obstante, fue una lucha valerosa contra las múltiples enfermedades que le minaron sin tregua. Acabó casándose con una norteamericana diez años mayor que él, separada y con hijos, con la que peregrinó por balnearios y ciudades dispares en un afán por encontrar el clima propicio para su tuberculosis galopante. Pasaron por Nueva York, Suiza, Francia, y unas semanas antes de la Navidad de 1889 arribaron a los mares del Pacífico. Tras algunas visitas por tierras vecinas, desembarcaron finalmente en la isla de Upolu, en la Samoa occidental. Allí, en aquel paraíso en pleno corazón de la Polinesia, con la salud ya muy deteriorada, Stevenson adquirió unos terrenos y levantó Villa Vailima, una casa de madera al estilo colonial que se amplió después de su muerte y que hoy es un museo a su memoria, así como lugar de peregrinación para gentes de todo el mundo. Allí pasó los cinco últimos años de su vida, rodeado del respeto y el aprecio de los samoanos, quienes le bautizaron como Tusitala (algo parecido a “el contador de historias”, sin duda el más hermoso título honorífico que pueda recibir un escritor).
         Una apoplejía acabó con él a los 44 años. Cuenta la leyenda que al caer fulminado llevaba en la mano una botella de vino, pues pese a sus muchas penalidades físicas, con hemorragias frecuentes, nunca renunció a los placeres de la vida. Los nativos lo velaron una noche entera y luego una comitiva de 200 samoanos le acompañó con antorchas hasta la cima del monte Vaea, a poco más de 45 minutos de Villa Vailima, donde fue enterrado con honores de gran jefe y donde reposa desde entonces junto a su mujer, en una tumba blanca sobre una tarima. En una placa se puede leer el propio poema que el escritor compuso tiempo antes para su epitafio. En otra, los isleños escribieron simplemente: aquí yace “el contador de historias”.        
         Desde la cima privilegiada del Vaea, donde un verde claro pone cerco a la frondosidad exultante del bosque, los cálidos vientos del sur ciñen para siempre su túmulo, y sólo el canto de los exóticos pájaros de Upolu rompen hoy el profundo silencio del lugar cuando los visitantes marchan tras dejar unas flores. Al final Tusitala acabó encontrando en Samoa su propia isla del tesoro, muy lejos de la fría Edimburgo, rodeado de archipiélagos recónditos y mares de coral. Una suerte de eternidad salvaje para quien nos enseñó que el tesoro no era otro que esa isla que cada cual lleva en su imaginación. O en su recuerdo.

domingo, 30 de octubre de 2011

El Premio Setenil


El premio Setenil se pensó para premiar al mejor libro de cuentos editado durante el año en curso. Se trata, pues, de un premio necesario, puesto que el género cuentístico se halla comunmente  fuera del foco de atención de suplementos, revistas y librerías. Desde el principio este galardón, que otorga el Ayuntamiento de Molina de Segura, se destacó por no casarse con nadie. La prueba de ello es que en sus 8 convocatorias lo mismo ha premiado a autores ya consagrados (Fernández Cubas, Juan Pedro Aparicio, etc) como a nombres poco conocidos fuera del "circuito" cuentístico (Francisco López Serrano, Fernando Clemot...) Esto honora siempre a cualquier certamen. Sus listas de finalistas, además, no han estado nunca exentas de polémica. Sin ir más lejos, y para no echar mano ahora de hemerotecas, este año se han quedado fuera de la final autores tan incuestionables como el veterano maestro del cuento Medardo Fraile, amén de Fernández Mallo, Luis Magrinyá, Juan A. Masoliver Ródenas, Juan Carlos Márquez, etc.

El ganador de esta edición ha resultado ser el profesor y narrador David Roas por su libro "Distorsiones". Me alegro por varias razonés. Primero, porque  Roas no es precisamente un autor muy conocido ni un asiduo en premios y certámenes. Segundo, porque sus cuentos pervierten con imaginación, humor y maestría los relatos clásicos y eso es siempre sugerente. Y tercero, porque se trata de un cuentista nato, un autor que ha apostado siempre por hacer cuento, además de desempeñarse como defensor y estudioso del género fantástico en España.
         Con Roas he coincidio una sola vez. Fue durante la presentación de la magnífica antología de relato fantástico "Perturbaciones" elaborada por mi amigo Juan Jacinto Muñoz Rengel, un volumen en el que colaboraron diversos amigos. Es probable que él no lo recuerde, claro. De todos modos, desde aquí nos congratulamos por este reconocimiento, una nueva apuesta por aquellos que velan por el siempre maltrecho género corto.    

domingo, 23 de octubre de 2011

El eterno caminante

         Por esos extraños lazos que teje la vida, yo llegué a la poesía a través de las matemáticas, concretamente por el sopor que me producían las clases de esta materia cuando tenía diez u once años. El aburrimiento me arrastró a hojear el libro de Lenguaje, que era una edición azul con lecturas diversas y una columna a la derecha de la página donde se daba cuenta de los autores. Entre otros hoy olvidados, allí aparecían los poetas típicos de los libros de texto de aquellos años: Espronceda y su inefable “Canción del pirata”, Bécquer y su arpa, Iriarte y sus fábulas, Campoamor y sus ripios. El viernes que llegué a casa recitando aquello de “En el salón del ángulo oscuro” mi madre debió pensar que al fin había encontrado algo que me gustaba, pues yo jamás hasta entonces me había molestado en aprenderme nada de memoria. Tal vez debido a que yo era el primer sorprendido por tan extraño hecho, continué visitando a escondidas aquel libro de Lenguaje en las horas de Matemáticas. Y así me ha ido luego, claro, aunque descubrir la belleza bien valía acabar multiplicando con los dedos.
            De esta forma casi fortuita, en esos años sin Internet ni videoconsolas, donde coleccionábamos cromos y leíamos tebeos, yo hice de la poesía mi refugio particular, sobre todo cuando las cosas pintaban mal y los profesores me echaban broncas por no esforzarme, aunque me guardaba mucho de ir diciéndolo por ahí, pues eso hubiera equivalido a declararme extraterrestre, es decir, más raro de lo que ya era porque, por si no fuera poco, me había dado también por intentar emular a mis recién descubiertos amigos. La vocación, entre papelotes con versos ilegibles y bocadillos de chorizo, ya estaba ahí, limando al hombre que, para bien o para mal, me iba a tocar ser.
 
            En aquella especie de iglú confesional que había montado virtualmente en mi pupitre fui descubriendo que las palabras tenían vida, que te hacían cosquillas en el alma y que, en mi caso concreto, te aliviaban de tu propia mediocridad. Con el tiempo fui conociendo a muchos autores –algunos de los cuales ya nunca me abandonaron-, y pude establecer mi propio ranking de poetas. En los primeros puestos siempre estaban algunos de los más habituales en los libros de entonces: Juan Ramón, Miguel Hernández, Lorca. También me habían entusiasmado varios vates hoy muy poco recordados (empezaba ya mi afición por los autores olvidados), como José Carlos de Luna y su clásico “El piyayo” (estaba en todos los libros de texto de hace 30 años) y “Mi vaquerillo” de José Mª Gabriel y Galán, un poema que literalmente me hacía rozar el cielo y que para mí, parco aún en lecturas, resultaba la más alta expresión de la belleza poética.
            Pero si había en esa lista un poeta que me parecía el mejor de todos, el que siempre situaba en el primer puesto, ese era Antonio Machado. En mi parnaso particular sólo Juan Ramón Jiménez le hacía sombra desde lejos. Machado representaba para mí la materialización de lo que muchas veces sentía confusamente, la descripción de un estado anímico poco usual en un niño de 10 años, más bien dado a la fantasía y a los juegos solitarios.
            Ahora, mirado desde esta atalaya en la que peino canas y alopecia, la elección no me parece tan extraña. No en vano, Machado es el poeta de la soledad y la nostalgia, el hombre solo que hace de su poesía un castillo de versos, un refugio de recuerdos, un cuartel de invierno donde morar esperando primaveras que se presentan en forma de viejos olmos que reverdecen. Todo en Machado es una rememoración del tiempo ido, de aquello que ya no va a volver (“Mi infancia son recuerdos/ de un patio de Sevilla”, “…y recuerdo otro viaje/ hacia las tierras del Duero”,), y al mismo tiempo un diálogo incesante consigo mismo. Su poesía está escrita desde la sinceridad más abierta, nada en ella es engolado ni fingido, por eso es emotiva y siempre verdadera, un desgarro mismo de su propio ser, triste e incompleto tras la pronta muerte de su compañera Leonor. Pero su obra trasciende el mero luto interior para establecer una visión desengañada de España, personalizada en las tierras castellanas, de la que en ocasiones Machado intenta evadirse por medio de la ensoñación y del amor por la naturaleza (“Soñé que tú me llevabas/por una blanca vereda”, “Anoche cuando dormía/ soñé ¡bendita ilusión!/ que era Dios lo que tenía/ dentro de mi corazón”, “Yo voy soñando caminos/de la tarde…”).
            Machado era un hombre sencillo y desaliñado, un sevillano atípico dado a la melancolía. Quienes le conocieron le tildaron de bueno y generoso, como debe ser todo verdadero poeta. Hoy, a pesar de que no sé si le lee ya mucha gente, continúa siendo el cantor eterno de los olivares, las lechuzas, las alamedas, los olmos secos. El pueblo entero –incluso aquellos que jamás han leído un solo verso- recita la monotonía de lluvia tras los cristales, el caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Porque su obra atemporal sigue viva en la memoria colectiva de un país que, pese a su tendencia a olvidar, ha sabido erigir a Machado como su más grande poeta civil.
             El ímpetu de la juventud me alejó bastantes años de Machado, en pos de otras lecturas, de otras poéticas (soberbias de verso libre) que parecían más cercanas, más de hoy. Pero después de todo “Hoy es siempre todavía”, y uno acaba por volver tarde o temprano de donde partió, echando de menos lo esencial e inmutable, lo eternamente humano. Machado no sólo me parece hoy un poeta de clara y necesaria lucidez actual, sino todo un ejemplo de la imposible disociación entre la vida y la literatura. Su cuerpo se quedó en la tierra lejana de aquellos días azules y aquel sol de la infancia, cerca del mar, pero todo lo demás vuela para siempre en esa luz germinal que alumbró también un tramo de mi vida, aunque para ello me quedara sin saber cómo demonios se resuelve una raíz cuadrada.   

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Otro Planeta es posible?

No hablamos de ecología esta vez, sino del premio por autonomasia, bastante desprestigiado en la última década por seguir criterios estrictamente comerciales, algo lógico si tenemos en cuenta lo que de entrada se invierte. De vez en cuando, para reparar los desaguisados y dar lustre al premio, se lo otorgan a algún autor prestigioso e incontestable, como Mendoza.
Este año las quinielas daban como finalista a un buen amigo mío, Andrés Pérez Domínguez, que no concursaba. Otro año, justamente en una edición en la que no se presentó, también dieron como ganadora a mi amiga Ángela Vallvey. Las apuestas ya forman parte de este circo que es el Planeta.



Como se sorprendía hace más de un siglo Clarín por la masiva afluencia de participantes en el concurso de cuentos del diario El Liberal, a mí me sorprende mucho cada año la ingenuidad de 500 o 600 personas presentándose al Planeta. Tengo amigos que se han presentado por curiosidad, por comprobar si leen todas las obras, y lo cierto es que algunos de ellos (no especialmente conocidos) han llegado incluso a la lista de finalistas. Ahora bien, ganar es otra cosa, incluso ser segundo. Aunque uno fuera un Faulkner, sin agente y sin un nombre detrás lo tiene crudo. Lejos queda aquel premio Planeta que arriesgó para descubrir a nuevos autores. La mayoría de los premios conocidos apuestan sobre seguro, eso debe saberlo cualquiera que se preste a iniciar una carrera como participante de premios de novela. De todos modos, hace tiempo que la finalidad natural del premio (descubrir a un nuevo autor, dar visibilidad a escritores con poca presencia en las librerías, etc) se desvirtuó. Los premios de envergadura, hoy día, son una mera transacción entre editorial, autor y agente.
Así pues, respondiendo a la pregunta que encabeza estas rápidas líneas, no, no lo creo. 

domingo, 9 de octubre de 2011

Con Gaston Leroux en Faváritx


Como muchos niños de mi generación, tuve mi etapa de lector de novelas de detectives (no me gusta la denominación, por otra parte no del todo correcta, de “policíaca”), allá por los 12 o 13 años. Al principio eran los autores clásicos y tópicos del género: Conan Doyle, Agatha Christie, etc. Pero pronto, llevado por mi curiosidad a la rareza y a los autores marginados, empecé a interesarme por escritores escasamente conocidos que escribieron sus obras en la época sin duda dorada de la novela detectivesca, entre fines del XIX y principios del XX. Era un tipo de novela muy distinta a la policíaca actual, pues la acción solía aparecer relegada a un segundo plano en beneficio del misterio y de la reflexión deductiva. Algunos estudiosos dieron en llamarla “novela problema”, pues su estructura siempre seguía el mismo patrón: presentar un problema criminal, aparentemente sin solución, e ir desentrañándolo paso a paso hasta la solución final, generalmente inesperada. En realidad los antecedentes hay que rastrearlos ya en Poe, el gran maestro, y en Wilkie Collins. El primero, que llegó a Francia póstumamente a través de su obra poética -avalada por Baudelaire-, influyó poderosamente en algunos escritores no ingleses (que aunque lo parezca no tenían la exclusiva). Autores como los franceses Gaston Leroux, Emilie Gaboriau o Maurice Leblanc cogieron el testigo del gran Poe y explotaron la novela folletinesca de misterio que, dada su naturaleza por entregas, les obligaba a cerrar cada capítulo en un in crecendo de intriga para enganche del público, lo que a la postre se convirtió en una de las características propias de este género generalmente ligado a lo decimonónico. Calles brumosas, alumbradas con luz de gas; lluvia en los cristales, sombreros hongo, bastones que escondían a veces defensivos cuchillos, bigotes afilados, damas misteriosas cubiertas con velos oscuros, carruajes... Todo un adrezo ya clásico para un estilo muy concreto que se desnaturaliza entrando el siglo XX en la novela negra, donde la deducción pierde fuelle para otorgarle más protagonismo a la acción y a lo sórdido.Gaston Leroux
            A mis 12 años leí “El misterio del cuarto amarillo” de Leroux en aquella inolvidable y lujosa colección llamada “Tus libros” de la entonces conocida como Ediciones Generales Anaya, acompañada de las magníficas ilustraciones de la edición original de 1907. Por esos años aquel autor era escasamente conocido en España y sus libros imposibles de encontrar, casi igual que hoy (Anaya publicó posteriormente “El perfume de la dama de negro”, continuación de la primera). Hombre con cara de notario provinciano, armado con unos quevedos que se deslizaban en el tobogán de su gran nariz burguesa, había nacido en París en 1868 y vivió su infancia en Normandía. Fue periodista hasta que pudo dejar los rotativos para dedicarse sólo a la literatura. Murió tempranamente, en 1927, y su fama se apagó con la misma rapidez con la que le llegó. Su obra está centrada en la novela de detectives y en la de terror, pero subyace en ella un fondo social crítico, sin duda originado por su mirada periodística. Hoy día se le sigue recordando únicamente por la novela “El fantasma de la ópera” (de 1910, falsamente interpretada como historia de terror y que en realidad trata del amor idealizado e imposible y del rechazo que despiertan en los demás los seres diferentes), obra que superó con mucho la fama de su autor. Pero también escribió otros memorables libros como “La muñeca sangrienta”, “La máquina de asesinar” o el ciclo de novelas protagonizadas por el prófugo Caro- Bibi. “El misterio del cuarto amarillo”, probablemente la mejor de sus obras y un clásico dentro de la aún mal conocida literatura decimonónica de detectives, fue la primera entrega de una serie de ocho novelas protagonizadas por un jovencísimo periodista, Josep Rouletabille, con un desarrollado sentido para la deducción. Con este personaje, Leroux pretendió emular las gestas de los muy populares Sherlock Holmes o Dupin y puso ya toda la carne en el asador en aquella primera novela. En realidad, “El misterio del cuarto amarillo” es una particular vuelta de tuerca a “Los crímenes de la Calle Morgue” de Poe, porque el problema planteado es similar (en una habitación cerrada a cal y canto se comete un crimen y es necesario saber cómo pudo entrar el asesino y huir sin ser visto), sólo que Leroux limita el espacio de una amplia sala a un pequeño dormitorio. Con ello el francés intentó llevar al límite un misterio que se consideraba imposible de resolver y cuyo desenlace posee menos fantasía que el relato de Poe pero, por contra, está más cercano a la resolución lógica. No en vano Leroux debió estar años dándole vueltas al tema del famoso caso de la Rue Morgue.
            Para mí Gaston Leroux y “El misterio del cuarto amarillo” siempre estarán ligados a los desolados parajes de Faváritx, donde íbamos los domingos de invierno a torrar sobrasada y chuletas mientras mi padre pescaba. El libro, como una mascota silenciosa, venía conmigo, acompañándome en aquellas jornadas festivas para entretener la soledad de aquel paisaje brumoso y lunar donde el faro mostraba su erguida exclamación de luz. Faváritx, con su yermo silencio y su fin del mundo asomando, siempre me pareció la versión salitre y menorquina del gris páramo de Haworth desde el que las pálidas Hermanas Brontë imaginaron sus obras entre los silbidos enloquecidos del aire. En sus peñascos cariados iba Rouletabille en busca del escurridizo asesino, un criminal listo y de guante blanco, capaz de entrar en un cuarto cerrado por dentro, de ventana enrejada e impracticable, como si todo él fuese una tramontana melancólica como la que asolaba Favárixt. Aquel libro me acompañó por las pesqueras y las calas, por los altos acantilados donde empezaba la terra incógnita, cuando Menorca era para mí todo el mundo conocido, un universo portátil con olor a sobrasada frita y salmuera.

Favàritx, siempre aguardando

            Cada vez que retorno a Favárixt, donde el demonio del tiempo sostiene en el cáliz del faro su cetro inmóvil, gulusmeo el aire en busca de ese olor de brasas y erosión en que se cifró la felicidad de la infancia. Lejos, perdidos ya los domingos, abro las hojas amarillentas de “El misterio del cuarto amarillo” y casi como si fueran un mapa de regreso a lo perdido, vuelvo a reconocer el perfume del mar de la isla en sus páginas de hojaldre, los restos dactilares del otro que fui un día, el peso inaudito de los años. Leroux, seguramente, sigue dando vueltas por aquellos cerros, oteando el horizonte y buscando a las hermanas Brontë, hecho todo él un oleaje de palabras que el eco de las piedras guarda para siempre como la oración eterna del viento.

sábado, 1 de octubre de 2011

Para almas atormentadas




Juan de Madre –Tislit er-Rbia
Sloper, 2011, 239 pàg.

            Por medio del supuesto hallazgo de seis manuscritos árabes donde se relatan la vida cotidiana de algunos miembros del primer manicomio que se abrió en Fez en el siglo XIII, Juan de Madre (Molins de Rei, 1979), junto al no sabemos si heterónimo Tislit er-Rbia, compone un libro extrañamente hermoso, alejado de los patrones narrativos actuales, empezando por la imposible definición del género, que navega entre el libro de relatos y la falsa novela testimonial. El libro, surcado por una fantasía casi infantil que nos remite a los cuentos clásicos para niños y a las Mil y Una Noches, pero también a los laberintos borgianos o a las historias sin edad de Ana Mª Matute, ofrece una mirada desprejuiciada sobre esos primeros habitantes de la “casa de cura de almas” al tiempo que nos deja una reflexión humanista sobre la locura, una locura no pocas veces lúcida, hermanada a la del Quijote y a la de los grandes dementes de la literatura, aquellos que frente a un mundo no pocas veces hostil y despiadado se aferraron a su redentora capacidad de soñar.
        Libro rebosante de imaginación, fingidamente ingenuo y apto para todos los públicos, “El libro de los vivos” nos descubre una nueva y original voz dentro del a veces manido panorama de nuestra narrativa.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Otoño

Cada vez que llega un nuevo otoño me acuerdo de César González Ruano, el gran articulista madrileño que señoreó con su prosa de orfebre de la Olivetti la “tercera” de ABC durante años. El motivo no es otro que una lecturita insertada en las páginas variopintas de aquellos hoy ya olvidados libros de lectura del viejo EGB de los que actualmente pasamos de los 40. Se titulaba “Las castañeras” y siempre me pareció un prodigio de sencillez y de observación, urdido con esa voluntad de estilo que antaño practicaban los periodistas de opinión, quizá sin saber que fundaban un nuevo género literario: la columna de periódico. Aquel fragmento en cuestión destilaba el mismo aroma que el aire arrastraba por las calles en los otoños de nuestra infancia, cuando los otoños existían de verdad y ya en septiembre había que sacar los chubasqueros y las botas de agua. Recuerdo que empezaba diciendo: “En invierno huele en Madrid, antes de que llegue, a castañas”. Al final, en un bello ejercicio metafórico, acababa comparando a la castañera (siempre vieja, siempre inmutable) con la abuelita imperecedera de Caperucita, pronta a ser devorada por el lobo del frío. Eso, según Umbral, era “el estilo”.


González Ruano se jactaba de poder escribir casi sobre cualquier cosa. El propio Umbral, no recuerdo dónde, refería la anécdota de un Ruano apostado al ventanal del Café Gijón, sin ideas para el artículo diario. Acababa de llover y por el canal de la acera, camino del desagüe, vio que bajaba un barquito de papel. Con esa imagen llenó una “tercera” del diario, divagando sobre la fugacidad de la vida.
Aquellos columnistas de ayer (Pla, Ruano, Cunqueiro, Alcántara, más tarde Umbral) eran, ante todo, escritores, peones entregados a la calderilla alimenticia del artículo, que aplazaban no pocas veces su ingenio y su valía para rellenar los huecos de un diario, o de varios.
Hoy, al llegar otra vez el otoño, con esta climatología de sol tuberculoso que parece desmentirlo un poco, me temo que ya nadie se acuerda de González Ruano ni creo que vaya en ningún libro de texto convenientemente progresista. En cuanto a las castañeras, ese símbolo humilde de la estación, tampoco son ya ni viejas ni jóvenes, a veces ni tan siquiera son mujeres, sólo sombras anacrónicas de una economía subterránea que sustenta la esperanza de tantos, que apuntala un próximo invierno a todas luces difícil y duro. A buen seguro que no será esta vez el lobo del frío el único depredador al que habrá que enfrentarse.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Siestas con Sabato

Apenas un mes y medio antes de su muerte, en una suerte de rara intuición, publiqué este artículo sobre Sabato en el suplemento Culturalia del diario Menorca. Valgan esas mismas líneas como modesto homenaje.


            Argentina ha dado por lo menos tres autores capitales a la historia de la literatura del siglo XX: Borges, Cortázar y Sabato, de entre ellos el más raro, el menos prolífico y el único que aún vive, próximo a cumplir los 100 años. Probablemente también sea el más mal leído de los tres, lo que no ha impedido que con el tiempo se haya convertido en uno de esos autores esenciales, a los que tarde o temprano hay que conocer.
Contrariamente a lo que suele sucederle a la mayor parte de la gente, para mí el impacto de Sabato fue en su momento mayor que el de Cortázar y, desde luego, que el de Borges. Recuerdo perfectamente aquella siesta de verano en que llegaron a mí las tremendas palabras de su gran novela “El túnel”: Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”. Esta frase, que cierra el segundo capítulo, resume de un modo exacto no sólo el argumento de “El túnel” sino todo el transfondo de la obra de Ernesto Sabato, es decir, la incapacidad del individuo para convivir con los demás. La más extrema soledad, el egoísmo de las relaciones afectivas, la obsesión enfermiza por redimirnos a través del ser creado a nuestra necesidad y la aparición de una locura lúcida por la que asoma el dolor pero no el arrepentimiento, son algunos de los ingredientes de “El túnel” (1948), la primera gran novela existencialista de las letras castellanas. El mismo título no es sino exposición de la gran parábola que Sabato levanta a través del pintor Juan Pablo Castel, uno de esos personajes que se quedan tatuados en el imaginario colectivo, un pobre desgraciado que intenta ser entendido por los demás sin conseguirlo, que anda solo por un túnel a través de cuyas ventanas se mueve el mundo exterior, ajeno a él, con sus fiestas y sus alegrías. La capacidad metafórica del libro es paradigmática y por sus páginas corre un cauce de onírica pesadilla.

Ernesto Sábato
Sabato también era cafetero

De tendencias depresivas y dueño de una autoexigencia enfermiza que le llevó a destruir algunas obras, Ernesto Sabato no volvió a publicar una novela hasta 1961, cuando apareció la monumental “Sobre héroes y tumbas”, un “Apocalipsis de nuestro tiempo” en palabras del poeta Salvatore Quasimodo; una obra barroca, dostoievsquiana, plagada de metáforas escalofriantes (como la que cruza toda la III parte titulada “Informe sobre ciegos”), una amplificación a gran escala de los temas y obsesiones que ya asomaban en “El túnel”. La novela fue recibida con enormes elogios por la crítica europea y autores como Gombrowicz o Sartre se rindieron a su poder de fascinación, una fascinación nuevamente enlazada con el mundo de los sueños, los presagios, lo oscuro. Una novela de cierta complejidad y, al tiempo, arrebatadora, que llené de subrayados a lápiz hace tantos años que ni recuerdo cuándo. Entonces yo dormía con Sabato, leía su obra antes de entregarme a las siestas de un verano lleno de preguntas, y con sus divagaciones en torno al ser entraba en el duermevela feliz y despreocupado del adolescente.
En 1974 apareció su última novela, “Abaddón el exterminador”, de corte autobiográfico y tono fragmentario, que fue premiada en Francia como mejor libro extranjero y en Italia con el Premio Médicis. Desde entonces no publicaría ninguna otra obra de ficción más, sólo una sucesión de ensayos que ahondan en la problemática del hombre moderno (“Uno y el universo”, “El escritor y sus fantasmas”, etc.) y en 1985, fruto de su condición de presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de personas, un estremecedor volumen conocido como “informe Sabato”. A finales de los 90 apareció un nuevo libro con tono de testamento vital titulado “Antes del fin”, lúcido pero escrito ya con la extenuación del que no quiere seguir escribiendo, casi como si le hubieran obligado.
Lo mismo que sucedió en su día con Rulfo, se especuló durante muchos años sobre la posibilidad de una novela inédita de Sabato. En el caso del argentino existió, pero él la destruyó. No obstante, ha bastado su trilogía para situarle entre los más grandes novelistas del siglo pasado, aunque la academia sueca lo ignore.
Comunista en su juventud, prontamente descreído, Sabato supo como nadie plasmar el nihilismo de una sociedad abocada al fracaso. Al mismo tiempo, como Físico de formación, supo ver y aún preconizar los peligros de un mundo en exceso tecnificado. Su pensamiento evolucionó desde el más absoluto escepticismo a un humanismo filosófico muy marcado en los libros postreros, ensayos agónicos que apenas aportan nada nuevo a su obra.
Refugiado desde hace años en la pintura, sus problemas de visión le impiden leer y escribir, aunque el Sabato escritor muriese hace mucho para convertirse en un clásico contemporáneo, en ese visionario que veló siestas de estío, sueños de un ayer que hoy es humo, cenizas, nada.      

sábado, 10 de septiembre de 2011

Volverás a Comala

Contados han sido los escritores que, como Juan Rulfo, escribieron tan poco a lo largo de su vida y sin embargo vieron con sorpresa cómo se incrementaba su fama y también el modo en que sus lectores se iban relevando década tras década con el entusiasmo creciente de una cofradía entregada a la adoración más absoluta. Cuanto más tiempo pasaba sin aparecer otra obra maestra del mexicano, eternamente demorada, más crecía su leyenda y más se exaltaba su incuestionable importancia en las letras del siglo XX. En realidad, tras dos obras prácticamente insuperables, Rulfo no tenía ninguna intención seria de seguir escribiendo. Su caso es uno de los más ejemplarizantes de lo que se ha venido llamando “síndrome bartleby”, nombre acuñado por Vila-Matas para referirse a esos escritores que, de pronto y por las buenas, dejaron de escribir para siempre.
Las historias en torno al repentino silencio de Rulfo son muchas y él mismo contribuyó a alimentarlas. Que si se había muerto el tío Celerino, el que le contaba las historias; que si se le había apagado la llamita; que si había perdido las ganas… Y así anduvo, entre excusas y mentirijillas para que le dejaran en paz, desde el año 1955 en que se publicó su primera y única novela “Pedro Páramo”, una de las cumbres de la novelística hispanoamericana de todos los tiempos. El libro de relatos “El llano en llamas” (1953) y unos pocos guiones cinematográficos completaban su exigua obra.
Durante años él mismo habló de la escritura de una nueva novela (La cordillera) que debía romper su largo mutismo y confirmarle definitivamente como el mejor escritor latinoamericano de su tiempo. Se aguardó en vano: no sólo no se publicó nunca, sino que tras su muerte (en 1986) no se halló ni rastro de ella.
Siempre he pensado que Rulfo se quedó atrapado en su Comala y no supo salir. O no quiso. Los muertos eran lo suyo y lo retenían a su lado. Consciente de haber creado dos obras maestras con treinta y pocos años, al autor le daba mucha pereza tener que cumplir las expectativas que público y crítica esperaban de él. Hombre tendente al hastío vital, aficionado al alcohol y a la melancolía, no obstante siguió intentado escribir una nueva obra (según algunos amigos y testigos cercanos), pero su autoexigencia le impidió quedar satisfecho, prefiriendo no hacerlo, no publicar, como el personaje de Melville.
En realidad a Rulfo no le entusiasmaba demasiado escribir, lo pasaba mal en ese trance. A él lo que realmente le gustaba era contar, inventar historias. Escribirlas era un suplicio por el que no siempre estaba dispuesto a pasar. Y, aunque cuando no le apetecía hablar podía ser el hombre más críptico y moroso (baste de muestra ver la histórica entrevista que el gran Soler Serrano le hizo en los 70 para el mítico programa de TV “A fondo”, donde apenas logró que se soltara a hablar), lo cierto es que en un ambiente de amigos Rulfo gustaba de contar historias. Era un entusiasta narrador oral, y precisamente en la tradición oral estaba el germen de su obra. Una lectura atenta de “Pedro Páramo” confirmaría mi afirmación, puesto que la novela carece de linealidad temporal, va y viene, se demora en meandros, es tan errática como una historia narrada de viva voz por un anciano frente al fuego. Todo en la novela da la sensación de haber sido transcrito directamente de una voz narradora, una voz que, como en las historias orales, se entrega a los saltos temporales y a las analepsis sin ningún pudor ni pulcritud formal. Eso explicaría la rara manera en que está contada la historia de “Pedro Páramo”, un libro que, aún así, sigue poseyendo un extraño poder de fascinación que no mengua con los años y en el que no se describe la realidad, sino que ésta es recreada.
Octavio Paz dijo, acertadamente, que en la obra rulfiana la visión del mundo era, en realidad, la visión de otro mundo. En “Pedro Páramo”, una novela de apenas 120 páginas, no podía ser de otra forma. El mítico territorio literario de Comala, el pueblo fantasma en el que incluso Juan Preciado, el falso narrador, es un difunto sin saberlo, se extiende como parábola universal del propio mundo. Comala es, en el fondo, el mundo mismo en que vivimos, un mundo en el que se exalta y se venera a los muertos, junto a los que convivimos desde el albor de los tiempos. El recuerdo de los que marcharon, su presencia en cada objeto, frase, retrato u obra, nos rodea con un peso mayúsculo. Los muertos están por todas partes, están en nuestra vida con mayor protagonismo que muchos vivos. La mayoría de los grandes libros que leemos fueron escritos por personas que ya murieron. La mayoría de la música, la pintura, las películas, las casas en las que vivimos, los árboles que nos cobijan, las iglesias, son obras de gentes que ya no están, fantasmas que de algún modo siguen ahí, como los personajes errabundos de Comala.
Quizá sea por eso que cada vez tengo menos dudas ante el interrogante de si no seremos todos habitantes de ese pueblo de aparecidos y difuntos que es la Comala de Rulfo. Cada vez que retorno a la isla ese mismo verbo, retornar, adquiere para mí su expresión más amplia. Retorno, sí, al pasado, incluso a lo perdido. El mero espejismo del tiempo, al que la isla entera parece impermeable, es una verdad a medias, casi un lenguaje funcional contra la locura. Y en el más pueril rincón me asolan los espectros que siempre van conmigo y son ya parte de mí, los recuerdos inmarchitables que varan –como una barca ancestral- este presente nunca poseído, este presente de todos nosotros que nada es sino un ensayo torpe de la vida, un argumento más para que el pasado nos muestre que todo permanece de algún modo intacto, que nada arde ni perece por completo en los días plagiados y llenos de luz de la isla.
Vivimos y existimos en una Comala interior cuyo fin de recorrido, como le sucede al personaje de “Pedro Páramo”, no es sino la muerte. Pero no sólo respecto a nuestra propia finitud irremediable, sino también en cuanto a la caducidad de todo lo que nos rodea: paisajes, personas, cosas, bagatelas que componen nuestro paseo por la calle principal de este pueblo sin salida donde únicamente quedan marañas, visiones y mentiras a las que se aferra la mente cuando la vida empieza a alargar nuestra sombra.